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El Doctor Thebussem

Una gran curiosidad y una correspondencia fluida lo mantuvieron conectado con las mejores plumas del país

Hay autores que parecen destinados al más triste olvido. Cualquiera que sea su valor literario, resulta difícil prever que el interés de sus obras vaya a superar el cerco entusiasta de unas decenas de lectores. Es más, este culto secreto, casi furtivo, de sus seguidores impide su rescate, al convertirlos en víctimas de la etiqueta de escritor raro, al margen de modas y solo aptos para bibliófilos y coleccionistas. Este maleficio ha podido retrasar la recuperación literaria de Mariano Pardo de Figueroa, singular personaje que firmó con el seudónimo anagramático de Doctor Thebussem. Por fortuna, esa postergación empieza a romperse, y una prueba de ello se tendrá el jueves 12, en el palacio de la Diputación de Cádiz, donde se presentará una cuidada edición de algunos de sus textos, preparada por el profesor de la Universidad de Cádiz Alberto Romero Ferrer. Y, en unos días, la editorial Renacimiento, publicará De Mariano Pardo de Figueroa al Doctor Thebussem, un libro reivindicativo -debido a profesores de esa misma universidad- en el que se analiza la obra de este peculiar autor de Medina Sidonia, en el primer centenario de su muerte. Pero si estas investigaciones han cobrado nueva fuerza y visibilidad, hay que agradecerlo a la mediación desempeñada por Íñigo Ybarra que -además de mantener, años atrás, una enjundiosa columna en este periódico- logró recobrar su memoria gracias a una entrañable biografía literaria, editada en Renacimiento.

En Federico Joly Höhr recae también haber hecho posible este rescate. Durante años supo compaginar su entrega al Diario de Cádiz con una apasionada búsqueda y atesoramiento de cuanto material impreso atañía a su ciudad y provincia. Con el Doctor Thebussem compartía muchas afinidades y tuvo por su producción literaria una especial debilidad porque sabía que las cortas tiradas (casi siempre no venales) de los libros y folletos thebussianos suponían un peligro a su conservación. Pero el tesón y buen olfato de don Federico como bibliófilo y coleccionista dio resultados y hoy la Fundación que lleva su nombre (y que coedita este nuevo ejemplar) reúne todo el maravilloso corpus droapiano, entre otras muchas maravillas salidas de imprentas y tórculos.

El papel literario de Mariano Pardo de Figueroa no es fácil de enmarcar. Eligió recluirse en un mundo de letras y archivos, pero no se redujo a contemplar ensimismado el campanario de su pueblo. Una gran curiosidad y una correspondencia fluida lo mantuvieron conectado con las mejores plumas del país. Por ello hay que descubrir sus ricos testimonios, siempre adornados con la más cuidada tipografía.

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