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Divinas palabras

Es característica de nuestra época la idea de que lo anterior nos queda muy lejano o resulta incomprensible

El verano es una estación propicia a los festivales de teatro clásico que de clásico, gracias al ingenio de los adaptadores y escenógrafos, apenas conserva el nombre, puesto que los textos originales ya sólo podemos encontrarlos en los libros. Con razón se dice que cada época está llamada a reinterpretar los viejos relatos para acercarlos a la cambiante sensibilidad de los tiempos, pero esta reveladora actualización, que ha producido resultados excelentes y fue ya cultivada por los antiguos, no se refiere a la conveniencia de alterar las tramas a nuestro antojo, sino a la posibilidad de partir de ellas para producir obras nuevas. Ahora bien, será complicado que los espectadores, familiarizados sólo o en el mejor de los casos con las variaciones o las réplicas, aprecien lo que aportan esas obras nuevas si dejan de tener acceso a las fuentes. En un arte tan ritualizado, cualquier pretensión naturalista parece reductora, y es característica de nuestra época esa idea de que lo anterior nos queda muy lejano o resulta incomprensible, pero no es preciso entenderlo todo para que el magnetismo de la escena siga provocando la compasión y el espanto de los que hablara el estagirita. Shakespeare, por ejemplo, ha inspirado centenares de recreaciones, muchas de ellas memorables, que no guardan una relación directa con las piezas del bardo. ¿Por qué habríamos de cambiar la letra de esas piezas cuando se trata sin más de representar a Shakespeare? No necesitamos pedagogos que desfiguren o mutilen a los clásicos, que se sientan obligados a explicar lo que la gente entendía sin la participación de intermediarios. Ha dicho un afamado poeta, para justificar las licencias que se ha tomado a la hora de adaptar una de las grandes tragedias griegas, que el original se refería a un mundo sacralizado, completamente ajeno al nuestro, y su argumento recuerda al de aquel novelista italiano que tuvo la peregrina ocurrencia de reescribir una Ilíada sin dioses. Quizá esta deriva, sin duda relacionada con el olvido o el menosprecio de los mitos que nos han acompañado desde hace siglos o milenios, sea inevitable, pero también puede pensarse que el mundo no ha dejado de ser sagrado y que somos los contemporáneos -el público de hoy exige velocidad, afirma un prestigioso director de escena- los que hemos perdido el vínculo que nos unía a otra forma de apreciar el arte e incluso de habitar la tierra. Llegados a este punto, la verdadera transgresión sería permitir que los personajes clásicos hablaran a los espectadores actuales -quizá entonces seríamos más conscientes de cuánto se nos parecen- con las mismas perdurables palabras de siempre.

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