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Disfrutad, disfrutad

Una fe en la humanidad y un gusto por la vida son, por tanto, el mejor contraataque a esta deriva ideológica

Una jovencísima escritora, María Hernández, me ha pasado un cuestionario sobre el recientemente fallecido José Jiménez Lozano, del que está escribiendo su trabajo fin de grado. Las preguntas son tan claras y perspicaces que prefiguran la respuesta. Como soy perezoso, estaba encantado de tanta facilidad. Pero, de pronto, he visto una necesidad de matiz a esta pregunta: "Jiménez Lozano también era crítico con muchos aspectos de la realidad como la deriva que ya en los años noventa estaba tomando nuestra civilización o la modernidad. Sin embargo, al mismo tiempo manifiesta una profunda fe en la humanidad y gusto por la vida. ¿Cómo se conjuga esto?".

Aunque hay caracteres y vocaciones más ascéticas, en eso, en realidad, no hay paradoja, sino coherencia. Desde el 68, como mínimo, se ha impuesto en nuestra civilización un aborrecimiento muy profundo de sí misma y, por lo tanto, de la vida y del mundo. En casi toda manifestación cultural postmoderna, se agazapa el nihilismo, que es, en espléndido diagnóstico de Armando Pego, "el alzhéimer de la civilización occidental". ¡Si el aborto es un progreso; las protestas destruyen la ciudad a su paso y hasta el ecologismo considera la vida humana un virus del planeta…! Por eso, negar el nihilismo tiene como consecuencia casi matemática la afirmación de todo.

Igual le sucedía a sir Roger Scruton, tan implacable crítico de la postmodernidad como apasionado degustador de la existencia en sus placeres más exquisitos, como la música clásica, y en los más elementales, como fumarse un buen habano, pasando por el vino, exquisito y elemental a un tiempo. Heidegger ya se percató del "Nichts nichtet", o sea, de que la nada nadea; aunque Scruton prefería describir este desfondamiento como "the Devil's work". Él practicaba lo contrario: un "todo todea", es decir, que encontraba huellas de los trascendentales en cualquier cosa. Por el hecho de ser, ya portaba signos de verdad, bondad y belleza. Que se agradecen disfrutándolos.

Y que se defienden disfrutándolos. Una alegría inexpugnable o, como decía María en su pregunta, una fe en la humanidad y un gusto por la vida son, por tanto, el mejor contraataque a la deriva ideológica de nuestra sociedad. Que está pidiéndonos por caridad ese contraataque. Así que cumplamos con nuestro recio deber y, sin dejar de ningunear a la postmodernidad, gocemos bien, a conciencia, de todo y todo lo que podamos.

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