Quién nos iba a decir que el pequeño Madrid -ése donde todo se decide, circunscrito entre el Bernabéu florentino, Atocha, puerta de menesterosos señores de provincias que llegan a ver qué hay de lo suyo, la Catedral de la Almudena, guardiana de las esencias del nacionalcatolicismo y la Moncloaca, fuente de todo mal- se iba a extender por toda España como una mancha de aceite cubriéndolo todo.

Quién nos iba a decir que sobre esa mancha iban a chapotear en una campaña electoral que a los demás nos importa una higa. Quién nos iba a decir que iban a manosear a nuestros muertos en prime time saltándose todos los límites de la decencia, del respeto a los demás, de la compasión humana. Quién nos iba a decir que un tipo que no ha dado un palo al agua en su vida, un mamífero de las tetas del Estado, iba a desgajar el sustrato falangista que dormía intramuros del PP, lo iba a mezclar algo de la receta nacional populista de Steve Bannon, con no poco racismo en una mixtura Orban-Bolsonaro, con unos planteamientos económicos estilo Chicago Boys año 70 -es decir pinochetismo económico, pero para los demás- e iba a llenar las plazas de tiesos de chalequito acolchado, pulserita rojigualda, abultada hipoteca y negro futuro, pero también de currelas de lomo partío y huevada inflamada ante tanta estupidez, de autónomos con esa cara de tonto que se te queda cada trimestre al ingresar el IVA sin haber cobrado la factura, de uno que pasaba por allí, de otro que no pasaba pero fue, de cada vez más jóvenes nihilistas porque no tienen nada: nada en la cabeza, nada en el futuro, nada que perder.

Quién nos iba a decir que el Lenin de Galapagar no iba a abandonar el "cuanto peor para todos, mejor, mejor para mí el suyo beneficio político" e iba a arrojar gasolina al fuego poniéndose de perfil, no condenando, ergo alentando implícitamente las pedradas a los mítines, que caen como maná del cielo haciendo real algo que era un victimismo impostado, hechos que van a ser justificados para cualquier reacción que será presentada como legítima defensa.

Quién nos iba a decir, después de ver lo partido menguante que cabe en dos taxis, que iba a llegar el fin de Edmundo como anticipo del zumo de naranja derramado por la Historia. Quién nos iba a decir que los autoproclamados partidos de Estado, esos que siempre se ponen de acuerdo cuando hay que lamerle las botas al sistema financiero, a las eléctricas, al Bundesbank o al señorito de turno, iban a ahondar en el enfrentamiento y en esta escalada de política de bloques en vez de utilizar su mayoría cualificada para establecer las reformas necesarias que España necesita para aguantar como país.

Quién nos iba a decir que lo más sólido y moderado del gobierno iba a ser una ministra de trabajo militante del PCE.

Quién nos iba a decir que recordaremos la aburrida era Rajoy como aquellos maravillosos años.

Quién nos iba a decir que volveríamos a ver la dialéctica del Teatro de la Comedia, la de los puños y las pistolas. Al tiempo.

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