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Desórdenes asumibles

Hay un aire de desconcierto, como de viaje a ninguna parte, en la posición de no retorno adoptada por el 'Govern'

Por la mañana, en el pueblo de Puigdemont, su presidente vasallo llamaba a los chicos revoltosos de los Comités para la Defensa de la República (la rimbombancia, esa hermana pequeña del fascismo…), en su discurso de recuerdo del 1-O, a "apretar", y bien que los llamados se pusieron a la tarea: unos cortando las autopistas de peaje, otros ocupando la estación de AVE de Girona o aquellos sustituyendo la bandera española por la estelada en un edificio público. Todos a coro sembrando el caos en una región que va camino de despeñarse por el precipicio de la irracionalidad y la mentira.

Esa misma noche, los más radicales intentaban tomar casi al asalto el Parlament mientras proferían insultos y descalificaciones hacia esos mismos que los animaban por la mañana, tal es el estado de paranoia de la sociedad catalana, mientras los mossos allí apostados, entonces sí, cargaban en desventaja contra la turba. Hay un aire de desconcierto, como de viaje a ninguna parte, en la posición de no retorno adoptada por el Govern y recrudecida ahora aprovechando los fastos por el mitificado referéndum, desplazada la gobernanza diaria para centrarse exclusivamente en lo emocional y lo reaccionario, con los jueces de la Audiencia Nacional en el punto de mira.

En Madrid, sin embargo, no parecen darse mucho por aludidos, y se acostumbran como pueden a este dislate diario del noreste. Si a mediodía el ministro Ábalos se precipitaba calificando las bravatas de Torra como asumibles, por la tarde Moncloa volvía a recurrir al Twitter para regañarle cariñosamente, pero tampoco demasiado. En el fondo, aquí cada uno recita su papel consciente de lo mal que le vienen a (casi) todos unas elecciones: yo llamo a las barricadas pero no paso de ahí, y tú apelas a la legalidad mientras le das vueltas a cómo saltártela.

Cuentan las crónicas que el lunes asistieron a la manifestación indepe unas ciento ochenta mil personas, de las siete millones que allí viven. Podríamos, pese a la innegable gravedad de la situación, asumir nosotros también la misma posición de complacencia que mantiene el Gobierno, y esperar que pase la tormenta mientras hacemos apelaciones al diálogo, pero no parece que eso sea suficiente. Ni es lo que esperan, creo, esas miles de personas ajenas a cantinelas y consignas que sólo aspiran a convivir en una sociedad moderna y plural, como alguna vez fue Cataluña.

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