La deslealtad es un concepto complejo, mucho diría yo. Por subjetivo, por interpretable, porque tiene mucho de cuestión de piel. Porque depende de sensibilidades y puede moverse en el ámbito de lo sutil, de lo abstracto, sin que llegue siquiera a concretarse nunca. Hay actitudes que objetivamente pueden resultar inofensivas o inocentes, pero que a uno le pueden doler profundamente y el de al lado percibirlo como un comportamiento de lo más inocuo. A veces, incluso, hasta se traducen en miradas, en desplantes o en silencios. ¡Cuán dolorosos pueden llegar a ser algunos silencios! En la política, las hay, y mucho. Las leemos a diario, las constatamos en declaraciones, titulares, ruedas de prensa, comparecencias (no hay que echar la vista muy atrás, las tenemos recientes y actuales) y por supuesto en la confección de listas electorales. Éstos, que políticos y humanos son, tendrán también su corazoncito, digo yo, pero en cualquier caso con ellos empatizamos menos, porque, sobre todo a esos que conocemos o concebimos o tenemos catalogados como animales de partido, los presuponemos curtidos en conspiraciones, aspiraciones, ambiciones y al final, deslealtades varias. Gajes.

En la profesión, muchas veces viene acompañada de manera directa y cercana de inseguridades y recelos. Sujetos y sujetas con ganas de trabajar, válidos y con inquietudes, con ideas que aportar, propuestas que trasladar, novedades que instaurar, formación a la que optar, por sumar. Y sin embargo, por superiores jerárquicos -que no morales- son percibidos como amenazas, aspiraciones cuestionables o presuntas deslealtades. Y entonces la deslealtad se viste en el otro. En las relaciones personales, las que de verdad importan, las que nos afectan, las que duelen, la de la gente que quieres, a la que has querido, a quienes hemos confiado secretos, problemas, preocupaciones, debilidades, cuando se constata esa deslealtad, ahí sí que el impacto lesivo del daño es mucho mayor, infinitamente mayor.

Cuando sin causa aparente, o incluso con ella, quien ha estado cerca actúa desde la traición, hace uso de la confianza depositada para herir, despreciar o perjudicar. Ahí, hasta el Código Penal la encuadra como agravante, porque precisamente cuando se actúa con abuso de confianza, la víctima nunca se podrá esperar del autor del hecho un ataque como el causado ante la relación de confianza que puede existir, que evita que la víctima se proteja ante quien le ataca, cogiéndole, por ello, desprevenida.

Eso dice el código, pero al final somos nosotros quienes, junto con el tiempo, atenuaremos, agravaremos o condonaremos la pena… ¿Indulto o condena permanente revisable al desleal?

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