EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Entre la democracia y la tiranía hay un umbral en el que vive la soberanía. Me explico. Tenemos en Occidente un concepto roussoniano de la soberanía: hay un contrato tácito por el cual somos los individuos, en pos del bien común, los que nos sometemos a las leyes que nos damos a nosotros mismos a través de la voluntad general; de tal suerte que somos como perros que se pusieran cada uno su propio bozal, o dicho sea finamente, el imperativo categórico kantiano. El tránsito del sujeto de la voluntad desde el monarca hacia todo el cuerpo social -soberanía popular-, o hacia el parlamento -soberanía parlamentaria-, supone un pacto de no agresión entre iguales, sobre el cual se han cimentado las imperfectas democracias liberales. Sobre ese contrato básico, se añaden cláusulas por las que nos dotamos de protección, sin tener que buscarla en ningún señor que nos ampare intramuros del castillo. Esta definición de soberanía sobre la que hemos construido maravillas ha funcionado a la perfección en la normalidad -es como la física de Newton, que aún soporta la gran mayoría de lo que hacemos como humanos-, pero no sirve en la excepción, porque la ley ha de ser general y abstracta, y en la excepción es donde falla su poder soberano, ya que no puede decidir sobre lo imprevisto.

Es por eso que el soberano es aquel que tiene el poder de decidir acerca de la excepción, y aquí y ahora ya sabemos que llegada la excepción no hay soberanía popular que valga, aquí y ahora el soberano se llama Iván Redondo, su suerte es la nuestra y más nos vale a todos que sea buena, que se cumpla el contrato social y que nadie se tenga que quitar el bozal, que hay muchos deseando, y a la vista está. Esta segunda definición de soberanía, por la cual es soberano el que decide sobre la excepción, es mucho más moderna que la de Jean Jacques, se adapta al principio de incertidumbre de Heisenberg, y se cumple en la teoría y en la práctica: prima facies es perfecta. Tan perfecta, que fue propuesta por Schmitt hace cien años, y sobre ella cabalgó el NSPD hacia la perfección política en busca del Reich milenario.

Les traigo todo esto con la vista puesta en la salida de este estado de excepción y ante la incertidumbre con la que afrontamos el paso por un umbral en el que es seguro que vamos a tropezar. Lo que no sabemos es si vamos a caer del lado de la democracia o del de la tiranía. Por ello que en lo sucesivo me van a permitir que me aparte de la angustiosa actualidad, y me dedique a reflexionar imperfectamente.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios