Les iba a hacer esta semana una crítica de la razón pura, pero como en los tiempos que corren la razón es una complicación y la pureza da mucha pereza, lo vamos a dejar en crítica constructiva que no es poco. En vez de mirar a 2050, año en el que estaremos todos calvos menos Redondo -que se habrá injertado la cosecha de pelo de Turquía, bien haríamos hoy en alzar la vista no más allá de veinte trimestres, planificarlos y luego, como El Cholo, ir trimestre a trimestre hasta la victoria final.

Mi abuelo, que decía que quien no come después de harto, no trabaja después de cansao, me enseñó a trabajar duro, y mi padre, que decía muchas cosas que ya les iré contando -o no-, me enseñó a trabajar bien para trabajar menos y a disfrutar de la ganancia cuando se gana y de la vida, aunque se pierda.

Imaginen una viña, 100 cepas de largo por 100 cepas de ancho, y un chaval de doce años con unas tijerillas en la mano mirando las diez mil cepas. Hace la primera, alza la vista y observa las 99 que le quedan de la primera hilada, y las 9.999 que faltan para acabar la parcela, cada vez que acaba una repite la mirada global y cuando lleva 50 ya no puede más, no por el peso del trabajo, sino por la maldita sensación de falta de avance. Entonces llega el abuelo y le dice que mire cada hilada sólo una vez, al empezar, y que no levante la vista más allá de la próxima cepa, buscando dónde hay que cortarle el primer racimo, que cuando acabe la hilada, beba si tiene sed, mire la hilada de vuelta y el primer corte de la primera cepa, y así hasta que digan que a casa. Sistema, trabajo duro, ritmo, cadencia y tempo, liberan la mente, ensanchan el pecho, y conducen al beneficio en su más amplio sentido, y a una feliz laboriosidad, que permite que el trabajo sea al menos llevadero, lo que no es poco, siendo el trabajo como es, un castigo divino.

Estas cosas son difíciles de entender para aquellos que no han producido nada en su vida y que miran por encima del hombro a los constructores -del latín con, todo, y struere, juntar- sea lo que sea lo que construyan o produzcan: lechugas, aceite, bares, restaurantes, vino y como no, edificios, infraestructuras y materiales para la construcción.

Cada vez es más desagradable escuchar la manida crítica indiscriminada al sector de la construcción, que es el sector que mejor paga y ha pagado en todos los niveles, el que tiene los más altos niveles prevención de riesgos laborales y de cumplimiento de convenios laborales, un sector que mide la calidad de las civilizaciones, el más social y el más humanista -junto con la agricultura- de los sectores económicos. Un sector que ha sido y vuelve a ser la locomotora de la economía española. Una cabeza tractora que no se merece tener quemar los vagones del tren para seguir avanzando al estilo marxista-grouchista. Un motor que necesita combustible de calidad: una mezcla de estabilidad política, financiación accesible y energía continua y barata.

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