Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

Crisis

TODO septiembre tiene algo de partida y de regreso. Ahora, por lo visto, la historia está en saber si hay o no crisis, cuando la duda ofende, porque crisis, lo que se dice crisis, hay hasta en el carné de identidad. En septiembre, acabado el periplo vocinglero, la proliferación continuada del sol y su desgaste más sonoro, es cuando vuelve la crisis o cuando regresamos a la crisis. Alguien cercano al Gobierno ha dicho que en España no hay crisis, que los ciudadanos viven bien, que sólo hay unos cuantos con su dificultad de fin de mes. Negar la realidad, o no asumirla, es dejarla para septiembre, pero luego septiembre cobra forma, gana su presencia improrrogable y hay que responder a su presencia. Esto es lo que sucede con la crisis, con esta certidumbre de la crisis, que ha pasado de ser una teoría política a una verdad evidente, inaplazable.

Todo en esta vida, en realidad, es inaplazable, aunque se deje, aunque se atempere el ánimo, aunque se aleje la instantaneidad imperiosa. Ha sucedido con la crisis lo que nadie, al parecer, había previsto: que no se ha consumido en el verano, que no se ha diluido en el verano. En el verano se diluye todo, y lo mejor de todo. En el verano todo se solapa, y todo se agudiza. Sin embargo, no hay nada que se oculte en esa duna, porque todo nos vuelve, seguramente crecido, más pesado, más seguro al fin de su existencia exacta. La crisis tiene una existencia exacta que no siempre se ha admitido, que se ha ido postergando para nunca, porque nunca parecía el mejor momento para aceptar que hablábamos de crisis. En los tiempos de bonanza, que no están tan lejanos, que invitaban quizá a ese optimismo risueño como el humo del champán, todo se debía a la gestión del Gobierno. Sin embargo más tarde, cuando el viento se volvió de frente, cuando la arena seca de la playa se nos disparó en la cara, cuando arañó las corneas al mirarla, de pronto sucedió que esta gran crisis en realidad no existía, que no, que no era eso, que seguramente era otra cosa, y entonces fue cuando el oráculo habló de recesión.

Ni toda la bonanza de hace poco era un asunto puro del Gobierno ni toda esta tremenda confusión se debe al Gobierno enteramente. Lo que sí es asunto suyo es haber negado la evidencia, y haberse subido en marcha a cualquier carro, a cualquier vagón sin dirección, que pudiera lastrar la atención pública. Es verdad que septiembre tiene siempre algo de partida y de regreso. Ahora regresamos a la crisis, que ahora sí se nombra por su nombre. No hemos ganado mucho en este tiempo, pero sí la objetividad de una palabra que ahora nos define con su propia verdad.

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