El último grito entre la crema de la modernité de la Sevilla y corte; lo más en esos ambientes selectos que van desde el californiano Tomares hasta los aledaños de ambas orillas entre los puentes del río-lago, es el salmorejo de bote, así, como lo oyen: salmorejo de bote. Será la ajetreada vida de la gran metrópolis, ya saben: la urbe vertiginosa que acelera pulsos y vidas hiperproductivas cuyo valiosísimo tiempo no puede ser desperdiciado en hacer un salmorejo como Dios manda; expuse con vehemencia lo aberrante de la cuestión, y fui tildado de decimonónico, retrógrado y pequeño burgués, llegando el asunto a la argumentación en defensa de la producción propia y de la industria sevillana de transformación agroalimentaria. Porque lo que se defendía -bajo el lema FuckMercadona- no era el salmorejo de bote en abstracto, sino una determinada marca producida en el terruño para deleite de una selecta minoría de personas sensibles, formadas, inteligentes y profundamente equivocadas. No sólo en alabar el mejunje envasado, el error grueso es atacar a Mercadona para defender lo que sea.

Dicho de otro modo: mi ortodoxia en ciertos aspectos alimentarios me obliga rechazar determinadas aberraciones conceptuales pero no me impide apreciar la bonanza del asunto, en tanto que negocio legítimo y honesto. Atacar a Mercadona, que ha tenido al país en sus manos -imaginen que hubieran querido sacar ventaja en términos de poder en marzo y abril-, cuyo impacto es casi un 2% del PIB y un 3,4% del empleo en España, para defender no se que cosa sin pasteurizar, es como escupir para arriba. No se trata de una disyuntiva: o esta gran empresa, o este pequeño productor local. Necesitamos esta grande, y la otra, y este pequeño, y aquél, y el mediano. Lo queremos todo. Y que España sea una unidad de destino en lo fiscal, y mientras la UE no lo sea, mirar con detalle dónde se mete el dinero público español.

De la insuficiente inversión en sanidad y educación hablaremos otro día, de los 3.750 millones de euros para la industria del automóvil sí vamos a decir algo: en su mayor parte es una transferencia directa a fondos soberanos extranjeros, que se van a quedar hoy con nuestra pasta y se van a largar pasado mañana a Marruecos, donde ya se está construyendo, con tarifa plana, el espacio para invertir lo que hoy nos están mangando. Los capos de la banda son el Kuwait Investment Authority y el Qatar Investment Authority, del golfo de los petrodólares, y la Hannoversche Beteiligungsgesellschaft de Baja Sajonia, operando en euros y además mirándonos por encima del hombro mientras nos saquean. El problema no es el bote, somos nosotros, los carajotes. Venga, un aplauso.

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