EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Plantea el bueno de Erwin un sistema formado por una caja opaca y cerrada que tiene en su interior un gato, una botella de gas venenoso y un dispositivo con una sola partícula que tiene el 50% de posibilidades de desintegrarse en un tiempo dado, rompiendo la botella, liberando el veneno y matando al gato. Según la mecánica cuántica, una vez pasado el tiempo determinado las posibilidades de que el gato esté vivo o muerto tienen el mismo valor, por lo que el estado del sistema en ese preciso instante es la superposición de ambos estados: hasta que se abra la caja el gato está vivo y muerto a la vez, cuando se abra la caja, el gato estará vivo o muerto.

Viene todo esto al hilo de la paradoja constitucional que estamos viviendo. El estado de alarma no puede restringir nuestro fundamental derecho a la libre circulación -artículo 19 de la Constitución Española-; derecho que sí se puede suspender bajo el estado de excepción, pero resulta que no se puede declarar dicho estado como causa de una crisis sanitaria. Con lo cual el efecto que persigue el confinamiento, que es acabar con la crisis sanitaria, no se ajusta a lo previsto en la norma, porque tal crisis no es causa suficiente para decretar el estado de excepción que lo permitiría.

Como decía Schmitt, el soberano es el que decide en la excepción y en este caso parece que lo estamos resolviendo colectivamente desde la responsabilidad individual, ergo somos -we, the people- soberanos. Podría ser que vamos bien, que hemos evolucionado, que somos un gran país y blablablá… Podría ser, también, que hay gente que siempre nos ha mirado como ganado y ahora está descubriendo las grandes ventajas del ganado estabulado para el mercado de la carne hecha voto.

Hay un tal Iván Redondo al que se le conoce el mérito de pastorear rebaños siendo zorra, de susurrarle en el oído al mulo para que vaya a su era sin palos y, sobre todo, la astucia felina de escapar tras una nube de humo o bajo un río de mierda. Un aprendiz de brujo experto en agitprop que se ha convertido en el político más poderoso que ha visto España desde tiempos de Conde Duque de Olivares: el valido del Bello Pedro es capaz de lo que sea con tal de permanecer, mandando, en la corte de esta nueva monarquía presidencialista que ha creado a su antojo.

Sería capaz, incluso, de provocar las causas que le permitieran declarar el estado de excepción para tener el control total, hasta el punto de poder mandar a alguien aquí para el reconocimiento de mi casa, papeles y efectos. Si queda en el PSOE algo de intelectual orgánico colectivo, debería hacer lo suyo y que el gato no salga en la foto.

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