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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Conmiseración

Llama la atención el empeño de Woody Allen en no parecer en su autobiografía una víctima ni un artista perseguido

Es hasta cierto punto esperanzador que la autobiografía de Woody Allen, A propósito de nada, se haya convertido en un éxito editorial en España y, más aún, que haya suscitado un debate interesante sobre el alcance de los juicios paralelos en la opinión pública. Mi opinión particular sobre el libro se parece a la de varios lectores con los que he tenido oportunidad de intercambiar impresiones: la primera parte, en la que Allen aborda su infancia y juventud, sus años de cómico en los teatros de Nueva York y sus comienzos en el cine, es verdaderamente espléndida; a partir de la entrada en juego de Mia Farrow el libro se sigue leyendo con indudable interés, aunque el tono se hace (inevitablemente, supongo) más sombrío, más despojado del talento genuino y del cosquilleo verbal del autor. Algo que me llamó la atención de estas memorias, y que he visto ratificado en las pocas entrevistas que el cineasta ha concedido desde su lanzamiento, es su empeño proverbial en no parecer una víctima. En ningún momento se refiere Allen a sí mismo como un artista perseguido, censurado o vilipendiado. Escribe con un profundo respeto por todos los intérpretes que han trabajado con él, pero especialmente por los que afirmaron arrepentirse de haberlo hecho. Tal vez no tenga clara cuál es su posición, pero sí sabe que no es la de una presa.

Puesta la historia de Woody Allen en el contexto preciso de una sociedad, la estadounidense, decididamente obsesionada con los prejuicios morales y la caza de brujas, esta postura del director me recuerda a ciertos valores ya antiguos que vinculaban la integridad con el rechazo personal no sólo de la lástima, sino de la conmiseración, como una manera de tenerse respeto a uno mismo. La defensa de las causas más justas parece pasar hoy, sin embargo, por la identificación con las víctimas que la vulneración de esas causas acarrea. Incluso con la más abierta adscripción entre las mismas, lo que seguramente pocas veces ha sido tan fácil a lo largo de la historia. Ahora que la autoridad pasa también por la cantidad de seguidores acumulados en las redes, convendría reflexionar, no obstante, sobre la legitimidad del uso de la atención necesaria a las víctimas al mayor provecho de las causas, sobre todo cuando éstas van asociadas, cada vez más, a la promoción personal.

Del mismo modo en que no considerarse una víctima no significa desentenderse de las causas justas, para implicarse tampoco debería ser razón prioritaria parecer objeto de conmiseración. Sería saludable, tal vez, volver al activismo en tercera persona. Lo que los clásicos llamaban generosidad.

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