Celebrate good times, come on! / (Let's celebrate) / There's a party going on right here…

Ya saben, el celebration de Kool & de Gang, ese temazo que empieza a sonar y si tiene usted algo sangre en las venas, se le van los pies. Recuerdo hoy la vigésimo penúltima vez que me pasó: hará una década, andábamos por los Madriles el Quino y yo buscándonos la vida después de una derrota con un baúl lleno de cráneos, vasijas y abalorios para la venta al público, a lo público, a lo didáctico o a lo que se pusiera a tiro; llegó el baúl de Burgos en un Mini Clubman, de esos que tienen dos puertas en el maletero, que dejó Manolo subido en la acera de la Gran Vía, con un par -sería un par de años antes de que Espe se diera a la fuga tras parar en el carril bus-.

Metimos el cofre de los hombres muertos en la cafetería -¿era un Vips, Hoaquim?, que horteras somos- y el Mini Clubman se quedó allí mientras el sumo sacerdote de la mercadotecnia paleolítica te preguntaba qué carajo es un gestor cultural, cosa que sigo ignorando, pero te marcaste un alarde de liderazgo de esos, con media sonrisa, y el tipo transó y no se llevó el arcón de vuelta a la vieja Castilla, y no paso nada, ni un guardia: se terminó el cocacola, se subió en el buga y allí nos quedamos los dos dándole vueltas a cómo meter la mercancía en el Ifema -era Fritur, me temo-; siempre has sido un tipo de recursos, yo manco no soy, y no recuerdo cómo -y si lo recordara no lo iba a contar aquí-, tras la esquina esperamos el momento en que no nos miren, y meternos dentro era nuestra oportunidad. Unos entran, otros van saliendo y entre el barullo, nos colamos dentro y allí estábamos con la alcancía de sigillatas y hachas, pregonando el género en medio del paseíllo de alcaldes y diputados provinciales; le pusimos ganas -las ganas que se ponen para salir del hoyo- y nos comimos los mocos -cada uno los suyos-.

Todavía cada vez que meto la mochila en el escáner de acceso al AVE -y ahora lo hago varios días todas las semanas- no me explico cómo pudimos colar aquél ataúd lleno de huesos y ajuares funerarios en la vuelta; no recuerdo en absoluto el camino que hubo de recorrer tal reliquia entre Ifema el día antes y Atocha el día después. Lo que no se me olvida es cómo se nos fueron los pies pa dentro cuando, al abrirse las puertas de un garito, salieron los acordes a la Calle de Las Huertas, allí estuvimos, danzando, hasta que se nos pegaron al suelo. Ou yeah.

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