ADJETIVAR los sustantivos que tienen que ver con el poder suele dar como resultado un concepto tenebroso, tanto si la adjetivación se refiere a la aplicación de adjetivos a un sustantivo, como en democracia orgánica o justicia popular, como si se refiere, sobre todo, a la entrega de la función de adjetivo al sustantivo democracia, como en república democrática o memoria democrática. Van pasando los años y vemos que no terminan de soltarse las costuras de los poderes del Estado, que no es que los dejara atados y bien atados, es que por arriba están cosidos, remachados, recauchutados y soldados: no hay separación, los tres poderes están juntos y sus cúpulas están podridas hasta la médula. Los jueces y magistrados no pueden elegir sus representantes en el órgano de gobierno del poder judicial, se los eligen los partidos a razón de diez el Senado y diez el Congreso. Afortunadamente la independencia del poder judicial existe y es fuerte aún en el ámbito de los juzgados ordinarios, y se va erosionando poco a poco según se asciende a instancias superiores: las Audiencias Provinciales tienen un pase, y de los Tribunales Superiores de Justicia de cada región empieza a surgir un desagradable aroma -procede de más o menos uno de cada tres, nombrado en terna por el parlamentito de turno-, que se hace un hedor insoportable en el Consejo General del Poder Judicial y todo lo que le cuelga.

Lo primero que le cuelga es un exceso de consanguinidad entre los técnicos que nombra, que unido a la habitual endogamia de esos nichos ecológicos va a ocasionar un preocupante aumento de la hemofilia y la subnormalidad, lo que es un problemón a medio plazo: a ver quién les saca la tarea cuando se les empiecen a desangrar los técnicos porque se han cortado con un folio y los que queden sean hijos de primos hermanos. Igual llegado ese momento les da por la heterosis y contratan personal en la calle, por aquello del vigor híbrido. Lo segundo y lo tercero son el Supremo, del que no vamos a decir nada aquí, que ya dice bastante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea cada vez que toca, y la Audiencia Nacional, que es un tribunal de excepción, que -forzando un poco el razonamiento- hunde sus raíces en el Tribunal del Santo Oficio y -sin forzarlo en absoluto- es heredero directo del Tribunal de Orden Público, cuyo origen todos ustedes conocen sobradamente.

La primera representación de la justicia con los ojos vendados es de 1543 en la fuente de la justicia en Berna, y doy fe de que en Suiza la justicia es ciega: fui en los 90 a casar a un compadre mío y el juez lucía toga, cresta de punki y zarcillos en la oreja. Posiblemente aquí también sea ciega, pero no tonta: no sólo por cómo nombra sus cargos discrecionales, también habría que ver cómo y quiénes cobran las horas de preparación de opositores. Hacienda somos tontos.

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