El Cid Vareador no es uno, son dos, y no es Rodrigo sino Ramón y Gabino, dos españoles retornados que por las vueltas -y las idas- que da la vida iban para Nueva York y han llegado a Nueva Carteya, que tiene su Torre Gemela sin hermana en lo de la fábrica del pan, siete colinas como la madre Roma y un mar de olivos esperando que los cojan uno a uno. Son un cante de ida y vuelta estos Cid, una guajira que emociona cuando entras en el pueblo y lo miras por sus ojos como de niños, que aprecian una belleza que está ahí e ignoramos por rutina, por ceguera o -seguramente- por falta de sensibilidad, y que ellos expresan con ese soniquete delicioso y caribeño. "Ta lindo el pueblito, helmano, nunca había visto tantos frutales en la vía pública", dicen asombrados por los cotidianos naranjos amargos tan nuestros. En seguida el contraste con el desastre que dejan atrás, y vuelta a la emoción a la vista de la frutería: "tiene de to, chico -ida y vuelta-, no como allí que tenemos el mercado lleno… de estanterías -ese humor con que todo lo salvan-. Y vuelta de nuevo a la vista de la tienda de informática: "fíjate en un pueblico chico y venden to los celulares, no hay que ir a la capital"; e ida, Pico, "después de veinte años a una semana de venirme hay pares libres para ponerme teléfono en casa, por lo menos habrá guayfai para ver a la familia".

Y ahí está el tema: la familia que deja atrás el Cid Vareador que se viene a luchar con los olivos, ida y vuelta, para buscar mejor futuro para su tribu. Me meto en sus zapatos y se me parte el corazón de pensar que yo tuviera que dejar atrás a mi amada y nuestra prole para abrir vías de mejora, pero, como todos ustedes saben, eso es un Cid, del árabe, sidi, hombre fuerte y valeroso; y estos lo son, valerosos y valiosos y lo van a conseguir. Una de las ventajas de estar en la ruina -y esto lo sé por experiencia- es saber que la mejor manera de iniciar el ascenso después de la caída es el campo.

El campo es higiénico para la mente y el cuerpo, el campo te quita tonterías, te da una perspectiva humilde de las cosas y espolea la ambición, espada y escudo para el triunfo. El Cid tiene sus manos, su fuerza y su inteligencia, la educación del que ha estado al lado de los reyes -y esto no es metáfora-, un campo de batalla y un par de varas con la que sacarles a los olivos los euros necesarios para ir trayendo al resto, tan solo falta un techo en alquiler. Carteya, se busca. Razón aquí.

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