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Calabazas

Viendo el debate, no pude evitar acordarme del Campeonato Mundial de Lanzamiento de Calabazas

Hace años, en una cena con profesores universitarios en una ciudad de Pensilvania, un profesor de Filosofía -era presidente de la Sociedad Hegeliana de América- me habló entusiasmado del Campeonato Mundial de Lanzamiento de Calabazas. El campeonato -conocido popularmente como Punkin Chunkin- se celebra durante la primera semana de noviembre y consiste en lanzar una calabaza por medio de un artilugio mecánico (catapultas o cañones de aire comprimido). El campeón, que se tiene que gastar un dineral en construir el artilugio y en cruzar el país hasta el lugar donde se celebra el campeonato, no gana nada más que el prestigio inmortal de haber conseguido lanzar una calabaza a 1.690 metros de distancia. Qué versos podría haber escrito Homero con esas calabazas volantes.

Anteayer, viendo el debate de los candidatos -todos varones, todos pésimos actores, todos intelectualmente muy limitados-, no pude evitar acordarme del Campeonato Mundial de Lanzamiento de Calabazas. Cada vez que uno de aquellos santos varones soltaba una amenaza o una mentira o una promesa claramente irrealizable, imaginaba a aquellos fornidos granjeros lanzando su calabaza contra la vasta inmensidad del firmamento. Cuando Abascal decía una barbaridad detrás de otra, allá que saltaba una hermosa calabaza surcando el aire. Cuando Rivera exhibía el famoso adoquín, allá que salía disparada otra hermosa calabaza que se estrellaba contra un campo de coles. Cada vez que Pedro Sánchez miraba al suelo envuelto en un silencio napoleónico, fingiendo resolver un complicado problema de álgebra, allá que salía disparada otra calabaza (comprada con fondos públicos) desde un artilugio con forma de monstruo de Transformers (también pagado con fondos públicos). Y cada vez que Pablo Iglesias hablaba de manadas, o de papadas, o de bobadas, allá que se perfilaba en lontananza la silueta de otra robusta calabaza cruzando el firmamento. Y cuando hablaba Casado, lo que se veía ni siquiera eran calabazas, sino calabacitas arrojadas con una especie de tirachinas que se nos hacía pasar por un formidable armatoste bélico como los empleados en la conquista de Constantinopla.

En fin, terminó el debate y me asomé al balcón. Y allá lejos, en el cielo otoñal, bien visibles sobre la ciudad, miles de calabazas rodantes cruzaban el firmamento.

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