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Una encuesta de esta semana sitúa a Pedro Sánchez destacado entre las preferencias de los votantes del PSOE. Su cadáver, como el del párroco de Tiempo de cerezas, goza de buena salud. España ha dejado de buscar su equilibrio político en el centro. Los moderados que propusieron un gobierno en marzo están en retroceso. Los extremos, la anchísima confederación española de derechas que representa el PP y la izquierda radical que personifica Pablo Iglesias progresan en el favor de los encuestados por la SER. Y entre los seguidores socialistas gusta más Sánchez que Díaz.

El de Sánchez resulta ser un cadáver exquisito. Su pensamiento es como las composiciones corales surrealistas: fue catapultado a la dirección del PSOE por las élites de su partido y acabó convencido de ser el líder de las bases; presentó su candidatura a la Presidencia delante de una enorme bandera de España y ahora sostiene que estamos en una nación de naciones. Este barómetro es agua bendita para Pedro, que está sumergido en el mismo síndrome melancólico en el que entró Al Gore en el 2000, tras perder contra Bush. Gore se reía del trastorno de perdedor cuando realizó la gira mundial para promocionar Una verdad inconveniente, película sobre el calentamiento del planeta por la que le dieron el Premio Nobel de la Paz en 2007. Como un exorcismo, se presentaba a sí mismo con humor: "Yo fui el próximo presidente de los Estados Unidos".

A Sánchez le presentaron tantísimas veces como "el próximo presidente del Gobierno" que acabó creyéndoselo. Ahora debe deprimir verse sin posibilidad alguna en cuatro años, sin cargo, sin escaño… Y además de emular a los surrealistas, el destronado jefe de los socialistas es víctima también de un complejo que Tom Wolfe retrataba en La izquierda exquisita. Deseoso de integrarse en esa élite social capitalina, que lidera a radicales románticos enarbolando la bandera de "la gente". Que se avergüence de haber llamado populista a Pablo Manuel, cuando Iglesias defiende la utilidad de esa estrategia, es un buen retrato de su estado anímico.

Hillary también podría presentarse, cuando se recupere del batacazo, con el mismo latiguillo: "Yo fui la próxima presidenta de los Estados Unidos". Haberle sacado casi dos millones y medio de votos pero perder la elección en los colegios electorales ante un cafre como Trump debe desmoralizar mucho. A Javier Arenas le pasó tras las elecciones de 2012 en Andalucía, cuando ganó pero no pudo gobernar. Su depresión llevó a Zoido a la presidencia regional del PP y le ayudó a perder la Alcaldía de Sevilla. Ya le había pasado otra vez a Arenas en las autonómicas de 1996; las encuestas previas le daban ganador y se equivocaron. Y le puede pasar a Moreno Bonilla, que tiene sólo una oportunidad más y se le notan los nervios.

En todo caso, los ex tienen mucho encanto. Y hasta ganan batallas después de muertos. Los suyos son cadáveres exquisitos.

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