Los Bolinches

Mi excusa en ese templo es ver al Dios-Paella reencarnado en el Señor Ferrús

Ramón está este año más delgado, le pasa como a mí: si no esto sería una doble columna en vez de una columna; y si saliera faldón, pliéguese para las mesas camillas, que han de venir calentitas este otoño tras las mesas electorales. Pero eso no toca ahora, en el tiempo verdadero. En el borde de la Bañera de Ulises siempre es verano. Hay lugares míticos donde suceden desgracias trágicas, a las que se enfrentan héroes o animales fantásticos, como el maravilloso motor monocilíndrico Crossley, mancunia de pura cepa, que funciona con casi cualquier fluido que arda, y que con sus 20 pulsaciones por minuto llevó el agua corriente a los habitantes del poblado tras el diluvio de 1987, evitando mucho mal a sus habitantes. Los Bolinches, así con ene, están entre el mar nuestro y la montaña y son uno y trino: una familia, una empresa de aguas y un templo politeísta al que peregrino un día al año desde hace ya más de un lustro buscando el camino de la perfección en la única ortodoxia que me permito en la vida, la paella.

Una huerta con naranjos, ahora aguacates salvados con urea Matoses, en la que domina un casoplón valenciano: hierro colado en las barandillas, baldosa hidráulica en el suelo, mesa larga bajo un soportal sustentado en cuatro pilares blancos de cal, achaflanados, sobre basa pintada en albero y rematados más en astrágalo -apófige, filete y baquetón- que en capitel y sobre la que se desarrolla la liturgia año tras año. Entre catorce y veintiún tipos de la quinta del 45, año arriba, año abajo, compañeros del PREU la Salle de Paterna, entre milenio y milenio y medio sentado a la mesa. Nada más heteropatriarcal y pollavieja bajo el sol de la península: esos en los que ustedes piensan son unos blandenguers al lado de estos tipos; Nalgatriste un beibi.

Hablan valenciano bien cerrado -francés también, los más, apenas un par espik lo del gringo- son españolazos hasta médula, grandes profesionales de lo suyo, tíos del taco que siempre tienen la razón, acumulan volquetes de sexenios de práctica y saber, son jefes. Mi excusa en ese templo es ver al Dios-Paella reencarnado en el Señor Ferrús, que generosamente, año tras año me ayuda en mi camino de conseguir una paella de un grano de alto con su exacto y divino socarrat. El sacrificio por el acceso al templo es ver dialogar a todos estos demiurgos cascarrabias sin saltarles al pescuezo. Todos los años, al verlos discutir y entrar yo al trapo, me pregunto cómo es que no llega la sangre al río. Después de tantos años, los cabrones se soportan y vuelven a juntarse. Igual no son tan malos. Igual la tolerancia y la amistad están en el panteón del Templo. Si no, no hay quién lo entienda.

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