En la Provincia Ulterior Baetica, y más específicamente en el Conventum Cordubensis, siempre ha sido relevante el cursus honorum. No hay circunscripción fuera del Lacio que haya dado más senadores al imperio que el territorio que encabeza la Colonia Patricia. Ludouicus Maurus nació como íbero y por eso sabemos que no descendía de ninguna de las treinta curias primitivas: patricio no era. Poco sabemos de él antes de la transición; antes del edicto de latinidad que -como al resto- le otorga el ius latii, y lo convierte en ciudadano de pleno derecho. Desconocemos la parte de su cursus honorum relativa a su vigintivirato y a su tribunado militar. Maurus está llamado por la política; no sabemos quién lo llama exactamente, pero sospechamos que es una voz que le viene de dentro: del yo para el vosotros.

El resto de su cursus honorum es conocido y de dominio público: curator viarum, curator aedium sacrarum, curator aquarum a la vez que edil en su primera y brillante etapa que apunta ya una de las características fundamentales de su carrera: la compatibilidad. Luego -inaudito- tribuno de la plebe, y senador, y cónsul, y pontifex maximus: emperador de Baena, moralmente invencible e inmortal. Otra característica fundamental del recorrido de Ludouicus Maurus es que tenía un plan y lo ejecutaba implacablemente. Implacablemente con una curiosa mezcla de autorictas, potestas e imperium que utilizaba indistintamente -y eso le honra- hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados. Como todos ustedes no saben, autorictas es cuando te siguen convencidos, potestas cuando van obligaíllos e imperium es cuando te niegas, y vas jodido: al hoyo o al ostracismo. Nadie puede negar la evidente transformación -a mejor- de esa villa gracias al cursus honorum de Maurus: un plan político matemáticamente trazado y ejecutado con precisión.

Pareciese que ni las hojas de los árboles se movían fuera de su control o conocimiento. Invencible, inmortal, omnisciente, omnipotente, no cayó en la cuenta de dedicar a uno de sus lacayos -perdón, subordinados- a susurrarle al oído: "memento mori". Ahí está el principio de la caída del Imperio Baenense que deviene en Diarquía bajo Iesus y Maria. Dos régulos sin cursus ni honorum, puestos por el viejo pontifex que vuelve de entre los muertos con el haz de lictores sobre el hombro, y con el Rubicón cruzado. Desde la arena y ante el público, sólo les queda exclamar: "Ave, Maurus, morituri te salutant".

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