EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Ayer me levanté muy temprano. Hice mis ejercicios, los de ahora, con toda la disciplina de la que soy capaz. Desayuné. Un vistazo a la prensa del día y a la calle. Era un día especial. Con toda firmeza, gran ilusión y algunas dudas, quise hacer lo que tenía previsto para ese día. Me convencí porque las cosas cuando cuestan o cuando te dan algo de vértigo debes afrontarlas con decisión, para no perder la oportunidad y arrepentirte.

Después de haberlo meditado mucho, especialmente desde el jueves, cuando definitivamente decidí finalmente hacerlo, me abrigué un poco el cuello, cogí lo preciso y me propuse no dudar más. Con mi compañera de vida, porque de estas cosas importantes hablamos en casa, aunque respetemos las diferencias de criterio y oportunidad que ocasionalmente tengamos, salí, respirando hondo, nervioso pero esperanzado, a pesar del bloqueo que efectivamente padezco.

Y, sí, después de un mes casi sin poder moverme, llegué con las muletas, andando algo torpe y con inseguridad hasta la bandera. Poco antes fui a votar. Además. Llamé a mi director, que es también amigo, sentado debajo de la bandera para comentarle que había llegado hasta allí. Se alegró. Aproveché para pedirle, como siempre, en las jornadas electorales, que me dejara más tiempo para mandar la columna, porque total, algo de lo que pasó habría que comentar. Como le sale de natural, generoso y amable, salvo que fuera a escribir de Barrio Sésamo, lo entendía.

Es un despropósito. Lo único bueno es contrastar que la sociedad española es tremendamente generosa con su penosa clase política, porque el castigo ha sido liviano para la calidad de los dirigentes que nos han llevado de un bloqueo a un re-bloqueo. No nos equivocamos los electores sino los patéticos elegidos, ahora re-elegidos. Lo demás, es todo malo, e incluso peor. Un presidente incapaz de acordar, encantado de conocerse, y una oposición incapaz de ser alternativa; la izquierda radical, lamentando la carestía de la conquista de los cielos, que ya están casi en el espacio exterior; un proyecto de centro posible, llamado a decidir, que ha dilapidado su esencia en el altar de la soberbia y la precipitación; el incremento de la ultraderecha, falsaria y visceral, que han alimentado derechas e izquierdas torpes y oportunistas; y un nacionalismo fortalecido. Un triunfo estratégico de los tíos más tontos del planeta.

Amigos puristas de todos los colores: esto solo tiene una solución plausible ante los desafíos que tenemos. Con estos mimbres lamentables, el único cesto viable es una gran coalición en forma de gobierno, deseable, de los tres partidos constitucionales, o en forma de abstención, responsable, para no convertir en un triunfo radical esta absurda repetición, aunque haya quien deba borrarse. No lo merecen, pero los que tenemos que andar, queremos seguir andando. Y, un día, no muy lejano, mandar al carajo las muletas.

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