EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Ya me gustaría a mí que lo de hoy fueran barras de bar y estrellas del rock, tan necesitados que estamos de unas y otras, y juntas a poder ser: birra en mano y a saltos en el pogo; prefiero calor de establo de sala llena -con mucho humo de cosas, por favor- a la inmunidad de rebaño esa que pregonan, porque intuyo que el concepto que les gusta es el de rebaño. Speed King o Bloodsucker a jierro -50 tacos del Deep Purple in Rock- el Hammond de Jon Lord haciéndonos vibrar, dulce niño, en el tiempo verás la línea que separa el Bien del Mal, mira al ciego disparando al mundo. ¿Quieres hacerte una foto conmigo? dice el ciego teñido, mientras se acerca, asqueroso, a una pequeña niña negra. Eres una desgracia para el mundo -le dice-. Y se queda tan ancha. Y queda muy bonito como documento, pero miras un poco más allá y cae a plomo el abismo.

La revuelta en los USA estaba cantada, y así la canté en uno de esos paraísos artificiales que Córdoba nos brinda, dos días antes de la declaración de estado de alarma, en una comida con mi amigo matamachos y otros señores, con los que planeamos urdir la trama de un lobby para el bien, que ya les contaré. Venía cierto señor del sector financiero, elegante, inteligente, jerezano, con muy buena información y mejor cabeza, de una cosa de esas que le dicen brifin -una vez, hace veinte años, le pregunté a viva voz en el hall del banco, que si así le llaman ahora a la fellatio, y no me ha retirado la palabra: eso es saber estar, y sobre todo saber querer- y tuvimos una conversación prospectiva ante la incertidumbre de lo que venía. Este señor acertó respecto a que no iba a haber una espantá de la guita, que el sector tenía solidez, y que como el origen de lo por venir era externo, había margen para capear el temporal. Hasta la bola y en el hoyo de las agujas. Lo mío, si me permiten, fue media lagartijera, un clásico, ya saben: condiciones objetivas (estructura y leyes económicas) y condiciones subjetivas (acción política y superestructura).

De las primeras sale cantada la revuelta de forma casi mecanicista: rotas las cadenas de suministro, la imposibilidad de acceso a bienes y servicios de primera necesidad crea las condiciones objetivas para que cualquier evento habitual -y la muerte de un negro a manos de la policía lo es- sea la chispa para el estallido. El acceso a las armas forma parte también de las primeras condiciones y opera como amplificador de lo que pase. De las segundas, lo que suceda en la esfera de la política, y cómo lo justifique la religión imperante, nacerá el resultado de esta movida: una suerte de guerra civil por otros medios o por los habituales, o un apaciguamiento más o menos narcótico bajo la habitual lluvia de dólares, llegado el momento. Ya les digo: mejor la barra de caracoles de la Magdalena, y las estrellas del rock de Medina Azahara, con cuyo Lord, el gran Manibáñez doy pedales cuando no toca tatuaje.

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