Iba a escribirles esta semana otra columna más sobre política ficción, ese teatrillo constante que nos tienen montado en la plaza pública para atraer nuestra atención, mientras ellos siguen a lo suyo, que es buscar la parte más tierna de la vena gorda, anestesiar la zona de punción y succionar sangre hasta reventar. Iba a describirles el proceso involutivo por el cual nuestra clase política ha pasado de pertenecer al género mamífero para formar parte de los ectoparásitos hematófagos; iba a contarles cómo a fuerza de elegirse entre ellos se han ido apartando de aquéllos a los que supuestamente representan y de las tetas del Estado que generosamente el pueblo les ofrece, cambiando la leche de todos por nuestra sangre. Les iba a volver a insistir en que donde no hay representatividad, separación de poderes y libertad de pensamiento no puede haber democracia liberal, añadiendo que cualquier líder occidental que sea auténtico debería como mínimo tener las características de partida de los héroes homéricos: valentía, generosidad y capacidad de persuasión a través de la oratoria.

Pensaba seguir avanzando en la descripción de la antipolítica que inicié la semana pasada, poniendo como ejemplo el tremendo carajal en el poder judicial que ya les anticipé hace dos semanas, cuando les decía que la justicia en España es ciega, pero no tonta. Quería decirles la suerte que tiene la gran mayoría que desconoce la miríada de microeventos que desencadena el descenso de -por ejemplo- un presidente de la Diputación, desde su despacho hasta -digamos- la sala de prensa; es un universo aparte, como un sistema solar con sus planetillas y sus satélites, ese apretar el paso para no descolgarse de la comitiva, esas miraditas cortesanas, esos susurros, taimados esa gravitación universal alrededor del rey sol de la provincia. Imaginen un ministro, un presidente, un monarca. Iba a afirmar que ignorar esos mecanismos es vivir sin la náusea siempre ahí, dispuesta a saltar cada vez que su careto asoma en cualquier pantalla diciendo exactamente lo contrario de lo que pretende hacer.

Todo eso iba a contarles, pero ha querido Alá que mi primo del otro lado de nuestro charco me pida parada y fonda para un amigo que ha venido a la ciudad a montar una exposición -ya les cuento y les convoco en breve-, bueno a comisariarla, que queda más chulo y viene del latín, como todos ustedes saben, y quiere decir cometer. Lo bueno de ser agente occidental de la hospitalidad de Juanvi es que me manda personas excepcionales y te los puedes llevar a cenar a la sombra de El Olmo y aprender cosas y conocer su mirada desde fuera de lo que hay aquí. Coincidimos mi nuevo amigo y yo en que tanto en Oriente Medio como aquí, la clave de bóveda de la democracia está en el reconocimiento de los otros, justo lo contrario que hacen los antipolíticos tanto aquí como en Oriente Medio cuando la política es más necesaria que nunca.

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