Minutos para las siete de la mañana, podría ser uno de agosto pero es uno de septiembre en cualquier caso, como el agosto del cuerpo 590 se mete en septiembre aquí me tienen cerrando Ferragosto, la columna de veraneo de mi joven esposo. El cielo empieza a clarear, aunque hace ya rato que la brisa lo ha despertado. Como no quiere despertar a los demás, en vez de poner café o usar el microondas para que no suene la campana, pone a hervir agua en un cazo y se prepara un té que inunda la casa de aroma a cítricos.

Es todo un detalle por su parte, que no se le hubiera ocurrido hace cinco años y menos hace quince, y se agradece por los demás, porque yo desde que él no ronca tengo el sueño más ligero. Quién me lo iba a decir cuando hace casi veinte años acudía al andén de la Mezquita -el poyete de Santos, de toda la vida- a nuestra primera cita: cinco de familia, cinco por tres más un año casados y juntos, mejorando. Lo del agua del té es uno de esos pequeños detalles que se tienen para agradar -no molestar es el inicio del agrado- a los demás, y que no se nota si no te fijas. Y hay que fijarse, porque son montañas de detalles en uno u otro sentido, las que conforman un matrimonio, una casa, una familia.

Salgo en silencio a la cocina y me preparo un té añadiendo agua caliente al cestillo de su té mientras miro las luces verdes blancas y rojas de los barcos; él lanza las crocs a un lado, se quita los calcetines y se mete a nadar. Llevaba desde el día uno de agosto sin nadar, se ha comprometido -consigo mismo- a bajar peso y eso ya vale, es mejor dejarlo a su aire y seguro que lo consigue: lleva 144 días sin fumar, cuatro mil doscientos noventa y cuatro cigarrillos evitados y unos ochocientos noventa euros ahorrados, a los que hay que restarle seguro cincuenta o sesenta gastados en pegoletes de Amazon, con la excusa del ahorro.

El caso es que él no se rinde, de una forma u otra siempre sale a flote y eso me encanta con lo gordo que está es un salvavidas al que podemos agarrarnos todos. Pienso que el verano ha ido bien porque estamos a uno de septiembre y mientras preparo el examen de mañana me estoy preguntando por qué demonios no los aprobé a todos en junio. Cojo la taza y me acerco a la orilla preguntándome que tal nos iría aquí en la costa: la mayor en unos años empieza la Universidad y mi tiempo de servicio se iguala con el que me queda para jubilarme, si Dios quiere y la Junta lo permite. Sería un gran cambio que ya no me asusta. Estoy estupenda, mejor que nunca, claro que sí.

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