Semanas perdidas en Valencia pegando con Cuenca en algún lugar en medio de ninguna parte. Todo el curso estudiando como una campeona para verme ahí rodeada de nada interesante, con más mosquitos que en la jungla, en un sitio donde la gente de mi edad no existe -yo creo que se la inventan, todos los años me van a presentar a alguien de mi edad y nunca aparece- y abundan las morcillas, las longanizas, las discusiones con el abuelo y las tormentas. Un rollazo y un aburrimiento, como si fuera un castigo; y es que no me entienden: porque si hubiera sacado malas notas -no digo suspender una, digo cincos y eso- podría entender una temporada en el desierto este (desierto por los habitantes inexistentes en mi tramo de edad, no por la vegetación) pero después de todo el curso estudiando nivel pro -una campeona, yeah- si además me quejo, se cabrean conmigo. Sobre todo mi padre, que es el ser humano que menos me entiende, suponiendo que sea un ser humano y no otra cosa, que hay que ver cómo se pone.

Claro que a veces, razonando tiene razón; bueno, razonando, razón tiene siempre, lo que pasa es que la pierde cuando dejo de razonar; y es que no me entiende: ¿acaso no se acuerda de cuando tenía catorce años? Pues yo sí que me acuerdo de lo que me han contado: que iba por ahí todo el día con la moto a todo trapo y cada dos por tres aparecía con la cabeza abierta, y otras cosas, que vaya montón de disgustos y sofocones que se tuvo que llevar la abuela. Pero él como si nada, como si nunca hubiera tenido catorce años. Bueno, como si nada no, que este año ha arreglado la canasta de la pista de baloncesto con un palé, y además hemos jugado: épico.

La verdad que visto desde la playa una semana antes de volver a casa, tampoco están tan mal esas cuatro semanas, a lo mejor he exagerado un poco: él cocina las mejores paellas del año y otros miles de cosas al fuego, vemos las ardillas por la mañana y ponemos cine a la fresca por la noche, hacemos alguna excursión, vienen amigos, y los titos, y todo el mundo está -a ratos- contento. La playa es otro tema, otra vida; sobre todo desde que hemos cambiado de bloque y tengo pandilla: cuando estamos en la piscina puedo estar miles de horas a mi aire con gente más o menos de mi edad; me han dejado salir un par de veces y el mes se ha pasado volando. Algunas ya son buenas amigas. Y nada más que contar de mi pandilla, que esto lo lee mucha gente y a nadie le interesan las cosas privadas de una chica de catorce años.

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