Y ser la de en medio es una ventaja: empiezas a tener lo de los mayores, sin dejar de tener lo de los pequeños. Parece ser que la columna de papá tuvo mucho éxito la semana pasada y quiere seguir con la misma línea, pero como dice que pensar a través de mi cabeza es muy difícil para él, me he ofrecido a escribirla yo directamente y ha aceptado. Dice que me corrige las faltas y ya está. Como si yo tuviera faltas de ortografía: parece que ya se le ha olvidado que saqué ocho dieces y un ocho -en gimnasia- en la evaluación final. Las vacaciones en España están muy mal organizadas, Navidades y Semana Santa pasan volando y en verano en once semanas te da tiempo a ver cómo crecen los árboles, casi literalmente.

Y hablando al pie de la letra -bueno, escribiendo al pie de la letra, y en el periódico ¡qué ilusión-- literarias sí que son, y eso es lo que más me gusta, que puedo leer todo el rato que quiero lo que me apetezca. No es que no me gusten, que en el fondo me dan igual -como otras tantas cosas que no son importantes-, es que al final son muchos días fuera de casa y a mí lo que más me gusta es estar tranquila en casa sin que nadie me moleste, cosa casi imposible con un hermano de siete años un poco mimado y absolutamente insensato, y una hermana que lo dobla en edad y tiene un pavo insoportable.

Espero no tener ese pavazo cuando yo sea una adolescente, tiene que ser muy incómodo querer a la vez una cosa y su contraria, venga vale, quizás, pero no. No vayan ustedes a pensar que soy una niña cascarrabias a la que sólo le gusta estar en su casa: también me gusta viajar y salir a hacer cosas interesantes, por ejemplo, visitar el British Museum, o El Prado, o ir al cine de verano, o probar comidas diferentes de sitios lejanos; pero también entiendo que no se puede estar todos los días de las once semanas del veraneo haciendo cosas tan interesantes. El caso, o la cosa, la cuestión definitiva de lo que me pasa, es que es tanto tiempo, que echo de menos el cole varias veces.

En Navidades o Semana Santa, cuando me acuerdo ya casi voy camino de clase, pero en verano con tanto tiempo sin hacer nada, cuando empiece el cole va a parecer que llevamos dos cursos sin aparecer por allí. Mi padre dice que no hacer absolutamente nada es un difícil arte -y barato-, que cuando se domina se disfruta como ninguna otra cosa: il dolce far niente, le dice. Tendré que hacerle caso, se lo merece: hoy cumple 130 días sin fumar. Y eso me hace feliz.

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