Fue un lunes hace hoy exactamente 38 años. Colegio Público José de Pasamonte en el perímetro exterior de la M30. Desde el patio se veían las grúas que empezaban a construir el Pirulí para el mundial de Naranjito que cambiaría para siempre el perfil de Madrid. Entonces había EGB y teníamos clase de 5 a 7 por la tarde. Yo tenía ocho años y jamás los mayores me habían transmitido miedo. Nunca había visto a un mayor asustado, ni antes ni después. Y eso que desde el recreo se veía el hongo de humo cuando había un atentado. No nos ocultaban la verdad y eran capaces de hacerlo siempre sin que nos asustáramos: con razonamientos a nuestro alcance. Menos aquel día. Otra época: con ocho años o incluso menos, la chavalería iba sola al cole, pero no podía coger el ascensor hasta los catorce. Al salir de clase muchas madres esperaban en la puerta para llevarse a la prole a casa, Don Ramón, el director, estaba nervioso. Cuando llegamos a casa el sentimiento era el mismo: el chache Pepe estaba haciendo la mili en Madrid, y más tarde la tía de Valencia llamó diciendo que había tanques por la Avenida del Puerto. Hubo vecinas que compraron para un trimestre. Luego todo pasó de golpe. Fue como un fogonazo. Asunto interno, dijo Alexandre Haig, Secretario de Estado norteamericano, no lo olviden.

Ahora los golpes son como el crepúsculo, avanzan tan lentamente que el ojo no los percibe hasta que ha oscurecido; y no hace falta un tío con bigote y tricornio, con la reglamentaria en mano. Veamos el Brexit. El colega Cummings -colega literalmente-, Licenciado en Historia, un lince- jefe de campaña de Vote Leave, a través de un potente sistema de minería de datos y de análisis de relaciones sociales, emitió millones de anuncios personalizados entre los votantes abstencionistas apuntando directamente al corazón para que votaran con las tripas. Cummings sólo sembró sobre un terreno irresponsablemente arado y abonado durante años por los dirigentes -electos o no- de todos los partidos políticos de su país.

Hundir en vez de tender puentes ha sido un buen negocio en el mercado de los votos; apelar a los sentimientos y buscar minimizar el mensaje a propagar; señalar un enemigo responsable: nada nuevo bajo el sol del agitprop. Operaciones psicológicas con el mecanismo más simple que un chupete. Cambia el vector de contagio, añadiendo a la comunicación de masas -un mensaje para muchos- la posibilidad de crear un mensaje para ti, en tu wasa enviado por alguien que conoces, que aprecias, que quieres. Observen cómo de un tiempo a esta parte, los principales partidos en España han ido añadiendo un corazón a sus logotipos, es el suyo -querido lector- y hay un francotirador apuntando. Después, cuando se haga de noche, seguro que alguien le echa la culpa a los rusos. Sea o no, se lo ponemos a huevo. A cualquiera.

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