Los ciudadanos (electores, soberanos, perplejos) asistimos a un curso acelerado de Constitución en vena. De los mismos creadores de la aplicación del artículo 155, a este escenario de victoria final, derrota tras derrota, que proporciona el 113.

Hace una semana me situaba yo en el improbable supuesto de que la moción de censura impulsada por Rajoy, suscrita por Sánchez, prosperase. Lo veía difícil, muy difícil, porque entendía, ya no, que un partido serio no patearía el culo del presidente anterior tomando carrerilla con el concierto del nacionalismo. Decía yo, incauto de mí, inexperto gorrión, confiado votante, que ni con el sensato, si lo hay, ni con el trastornado, que lo hay, ni con el despreciable, que aún hay. Pues, ¡toma castaña!, ¡con todos!: para poner nombres, con el PNV, con ERC y PdCat, con Bildu. La culpa, no obstante, es del chachachá, porque el momento histórico, e histriónico, es tal que los valores de los principales actores se han magnificado, como en Gran Hermano. Ese chachachá, indecente y frustrante, eleva a categoría pro las mejores cualidades del presidente saliente y del entrante: al saliente se lo come el inmovilismo, al entrante se lo come la ansiedad.

No puedo objetar nada desde el punto de vista técnico a la moción. Es una herramienta constitucional, rarita y extraordinaria, pero constitucional, que justifica la estabilidad y legitimidad del sistema parlamentario. Lo defiendo. Desde la óptica política, de la expresión de mi voluntad soberana mediante el mayor patrimonio que me da la democracia, mi voto, puedo significar mi rechazo total al atajo práctico que supone y al riesgo gratuito (¿?) de la comparsita que lo acompaña. Para colmo, además, escucho la rotunda estupidez de que 12 millones de votos avalan esta operación... ¡Anda ya! ¿Qué tendrá que ver el votante del PSOE en Almedinilla con el de Bildu en Hernani? Que el gobierno del PP estuviera, como estaba, hasta el cuello de basura no amparaba al líder del PSOE para aprovechar los trastos de los grupos que abiertamente traducen su acción política en el peor interés del país. Yo me creí que no todo vale. Porque lo prometieron.

Señor presidente, sospecho que: 1) no leerá esto, y 2) daría igual. Que sirva al país, ahora que puede, sorprendiendo al personal y convocando elecciones inmediatas, es, me temo, una quimera. Usted tenía que hacer algo. De acuerdo. Entenderá que yo también. Ahora, tendrá que gobernar. Sin duda. Yo no. Sólo me cabe esperar. Confío en que sea poco, pero, por si acaso, entrenaré mi memoria para recordar que ser presidente inviste de una dignidad que cuesta mucho ganar con votos pero poquísimo triturar con manejos (pregunte en los bares que están cerca del Congreso). A pesar de todo, buena tarea, sea la que sea. Y hasta más votar.

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