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La casposa mentalidad del agravio permanente suele ir acompañada de una idea reductora de lo propio

Si el nacionalismo es o puede fácilmente derivar a una patología en la que se mezclan la megalomanía, una cierta o reconcentrada mezquindad y los delirios paranoicos, la desaforada pasión por lo local representaría, sólo que a pequeña escala, una variante -a veces inocua o hasta entrañable, a veces beligerante y retadora- de la misma dolencia. Nos sentimos naturalmente religados a los paisajes, las costumbres o las gentes del lugar en el que hemos nacido o donde habitamos desde hace mucho, pero ello no quiere decir que deban parecernos los mejores del mundo -tampoco los peores, lo que sonaría no menos presuntuoso- ni que tengamos que observarlos con una mirada acrítica. Antes al contrario, como cuando se trata de la familia o de uno mismo, lo saludable es ser consciente de los defectos y asumirlos o tomarlos, si no son demasiado graves o sobre todo no dañan a otros, un poco a broma.

Algunos de los que residimos en la ciudad de la que somos nativos sentimos que llevaríamos una vida muy parecida, por no decir idéntica, en cualquier otra, de ahí que veamos con perplejidad y un punto de fastidio las absurdas y zarzueleras rivalidades entre municipios. Cíclicamente azuzados por los políticos o los periodistas mediocres, los pleitos vecinales apelan a los complejos y las bajas pasiones y tienen por lo mismo una audiencia asegurada. La casposa mentalidad del agravio permanente, igualmente compartida por los patrioteros de todos los colores, suele además ir acompañada de una idea reductora de lo propio que cifra su verdadera esencia -siempre amenazada, siempre necesitada de reafirmación frente a los enemigos de fuera o de dentro- en una serie de rasgos supuestamente imperecederos.

No deja de ser sorprendente que tantas personas den por irrefutable -fatalmente válida para todos los miembros de una comunidad- la sarta de tópicos con los que se hacen los malos chistes o arman sus discursos -celebratorios, elegiacos o involuntariamente cómicos- los pregoneros castizos. No es que no haya quienes los encarnan a gusto o hacen profesión -o negocio- de esa presunta especificidad, pero extenderla por sistema al conjunto revela una candorosa forma de determinismo que no se compadece con la diversidad real, apreciable a simple vista entre los habitantes de la más aislada pedanía. Hay conciudadanos que llevan con orgullo el gentilicio y otros para los que la procedencia, como debida al azar, es un dato irrelevante o escasamente significativo. Nadie tiene la patente para expender certificados de autenticidad ni cabe atribuirle al fervor local otro valor que el de una afición cualquiera.

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