EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Que se tiene apego a lo material, es una obviedad. Que hay caracteres y fortalezas que ganan frente al sentimiento, también. Que los hay y las hay con más facilidad de quitarse de encima la carga emocional y racionalizar que lo material es lo material, por supuesto. Pero quién no ha mirado con un punto de melancolía al banco del primer beso, al edificio donde nacieron tus hijos; quién no ha vuelto la vista atrás al pasar por la que fue tu casa o el lugar de trabajo de tu padre. Quién no tiene imágenes que traen recuerdos de tiempos pasados, quién no esboza una sonrisa al pasar por ese lugar que significó tanto. Allí donde pasó aquello.

Todo eso creo, es universal. Ahora bien, el regocijarse, el removerse ahí o el fustigarse con recuerdos, puede que sí sea espacio acotado a los más intensos; el querer anclarse, el sufrir por cerrar etapas puede que también o, seguramente la manera de afrontarlo esté condicionada por la realidad del momento en que se hace y la relación que mantenemos a día de hoy con quienes nos acompañaron en aquellas experiencias.

Ese vínculo afectivo con meros objetos que tuvieron su protagonismo antaño, la nostalgia de espacios que se configuraron en el escenario de nuestra vida, de avatares, el marco en el que nos vimos obligados a afrontar vicisitudes que se plantearon, en definitiva, ese apego al lugar, a todo aquello con lo que crecimos, es difícil de diluir. A los que le sea fácil despedirse de eso, mi reconocimiento. Por aquí andamos otros a los que nos resulta complejo lo de clausurar, los que nos atascamos al tirar y hacer limpieza de armarios, de cajas, de fases. Despedirnos de lo que fue, deshacernos de eso que constituyó parte de aquel ajuar que nos formó en otro tiempo, que determinó lo que somos y en lo que nos hemos convertido, nos puede resultar demoledor.

Ciertamente la ilusión, la motivación, la curiosidad por lo que está por venir, habrá que reconfigurarlo y hacer que esa sea la llave con la que abramos lo nuevo. Descubramos nuevas puertas, con todos esos instrumentos. Esa imagen tiene que darnos aliento. La que cerramos, que sea un mero acto, lo más liviano posible. El pasado nos lo quedamos, lo bueno que vivimos en otros contextos, en aquellos espacios a los que echamos la llave de manera definitiva permanece, ya es parte de nosotros, de lo que hoy somos. Y, a saber qué nos espera detrás de la nueva puerta.

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