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En el debate de investidura de ayer se habló más de Teruel que de Andalucía. Y más de Cataluña que de cualquier cosa. En esta sesión subirán a la tribuna 14 partidos de diez de las 17 autonomías. Andalucía es una de las siete sin fuerza regional. Esta será una legislatura crispada, como se vio en los intercambios de Sánchez con Casado. Y primará la cuestión territorial sobre la agenda social, mal que le pese a los miembros de la autocalificada coalición progresista. No tener representación resta influencia a los ausentes.

Por mucho que al presidente Moreno le preocupe la posibilidad de emitir deuda en los mercados de manera autónoma, el líder de su partido no lo incluyó en el discurso del PP. Habría servido de poco, porque Sánchez no contestó a Casado. Llevó escritos de casa los discursos de réplica y dúplica que dedicó al PP. Y los leyó en un ejercicio que alteraba la lógica del debate: el examinado era el candidato, pero el jefe de los socialistas prefirió examinar él al segundo partido de la Cámara. El intercambio fue durísimo, premonitorio de una legislatura de hierro, como la de 1993, cuando Aznar se sorprendió de su derrota, y la de 2004 cuando Rajoy perdió tras la pésima gestión del atentado terrorista en Madrid.

Se empeñó Sánchez en reprochar al PP el bloqueo a un gobierno socialista en solitario tras las elecciones de abril. Tanto énfasis puso que se olvidó de que provocó un cisma en su partido, le echaron de la secretaría general e incluso dimitió de su escaño para evitar facilitar una investidura similar de Rajoy en 2016. Quien lo recuerda es Susana Díaz, que en el patio del Congreso evocaba lo caro que le había resultado desde el punto de vista personal y político llevar a su partido a abstenerse entonces. Ahora Díaz puede ser un buen comodín para Sánchez, ante la erosión de su credibilidad. Su vieja rival siempre ha defendido la unidad de España y la igualdad entre los españoles. (¿Da el perfil de ministra de Defensa?).

Pero ayer lo que llamaba la atención era la ausencia de Andalucía. Catalanes, gallegos, canarios o valencianos explicaron logros que han conseguido por su apoyo a la investidura. Pero allí nadie se interesó, por poner cuatro ejemplos, de la financiación autonómica andaluza, la reindustrialización de la Bahía de Cádiz, completar la SE-40 de Sevilla o una conexión ferroviaria del siglo XXI entre Antequera y el puerto de Algeciras, que es el primero de España.

La aventura que inicia Sánchez va a poner a prueba la Constitución. (Con muchos riesgos: en Italia, la primera república murió en los 90, cuando la investigación de Manos Límpias acabó con 1.200 condenas, y casi 30 años después no ha llegado la segunda). Siendo pesimistas esta legislatura será disolvente. Si nos ponemos optimistas sería reconstituyente, aunque sólo para quienes saquen ventajas o privilegios de su posición. De momento Teruel va por delante de Andalucía. ¡Qué cosas!

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