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Alcàsser

Con los crímenes de Alcàsser -de los que se sabe muy poco-, el horror en estado puro irrumpió en nuestras vidas

Hace unos veinte años -quizá más- vi al padre de una de las chicas asesinadas en Alcàsser en una céntrica calle peatonal de Sevilla. El hombre había montado un tenderete y pedía dinero para una fundación y firmas para una nueva investigación del crimen. Aquel hombre había salido en los programas de televisión más infames y había tenido problemas con la Justicia. Se habló de uso ilícito del dinero recolectado y de actuaciones turbias dictadas por la avaricia y la egolatría. Curiosamente, nadie pareció acordarse del dolor indecible que había sufrido aquel hombre. A su hija y a sus dos amigas las habían raptado -y torturado y violado y asesinado- porque él no pudo llevarlas en su coche hasta una discoteca. Y luego empezó la pesadilla. El poeta Milosz escribió que tuvo la mala pata de vivir el Apocalipsis, en agosto de 1944, cuando los polacos se sublevaron contra los nazis en Varsovia. Pues bien, a las familias de aquellas tres chicas de Alcàsser también les tocó vivir el Apocalipsis, y no digamos el Apocalipsis mucho peor que habían tenido que sufrir las chicas a manos de sus asesinos. Y todo eso -el dolor, el desconcierto, la locura- se veía en el rostro de aquel hombre que tenía un tenderete montado en una calle de Sevilla.

Ahora, 25 años más tarde, es difícil imaginar lo que supusieron los crímenes de Alcàsser. Y no sólo porque el horror en estado puro irrumpió de repente en nuestras vidas, sino porque nadie explicó muy bien qué había pasado. Uno de los acusados desapareció por un ventanuco y nadie volvió a verlo, aunque llegaban noticias -nunca fiables- de que había sido avistado en Portugal o en Irlanda. El acusado que fue detenido y condenado parecía un pobre diablo. ¿Hubo más implicados? ¿Se hizo bien la investigación? ¿Qué pasó en realidad? La verdad es que nada parece estar muy claro. Según la versión oficial, dos delincuentes de poca monta secuestraron y asesinaron a tres adolescentes que hacían autostop. ¿Por qué lo hicieron? El único condenado estuvo más de veinte años en prisión. ¿Alguien lo estudió a fondo, alguien se preocupó de investigar el agujero negro que había dentro de su mente? Probablemente no. El misterio -el misterio del mal en estado puro- sigue ahí. Y ese misterio arrastró también al padre de la chica muerta y lo engulló hasta convertirlo en otro misterio que nadie ha resuelto.

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