Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Acoso con causa

SON jóvenes, no demasiado, y sobradamente preparados. Son atractivos, y su abordaje es simpático y no provoca desconfianza. La empatía debe de ser clave en su selección. A priori, hacen una buena labor social, y encima se ganan, o quieren ganarse, unos billetes dignamente. No, no se trata de "voluntariado", sino que van a comisión pura; si captan 20 socios pueden levantarse 400 euros al mes: destajismo de manual. De camino a esta redacción para escribir esto, desde que entré en la zona tematizada -que concita en el centro de la ciudad a turistas, cazadores de rebajas, ciclistas y pilotos de segways, clientes de ocasión en veladores invasivos, transeúntes variopintos, artistas sin manager-, me han querido interceptar tres. Venden suscripciones a organizaciones "solidarias", de esas que nos cargan una modesta cantidad mensual en la cuenta corriente, con las que ayudamos o creemos ayudar al prójimo desgraciado, y así nos hacen sentir mejores personas. Quince euritos al mes a cambio de soma para nuestro escrúpulo social. Un intercambio con el esquema ganar-ganar.

Una bonita chica de ojos verdes se cruza en mi camino y me ofrece una mano mientras sujeta su carpeta con la otra. Su ganancia está en que yo estampe mi firma en un formulario después de darle mis datos bancarios: Cruz Roja, Unicef o Aldeas Infantiles soportan amplias estructuras, y están ávidas de crowdfunding, o sea, de subvención popular. Le digo que no con un gesto que ya, tras meses de verme ante esta misma situación, no es muy amable. He aprendido a no sentirme mal por hacerlo así, lo cual quizá implique que su tiempo comercial está periclitando, porque el marketing sabe que somos iguales; por segmentos, pero iguales, así que creo que el regateo de captador de suscripciones con causa -nuevo deporte urbano- tiene fecha de caducidad.

Hace unos días, observé cómo un grupo de estos vendedores de "acera fría" se organizaba en una plaza de mucho tránsito para dirigir al caminante hacia un tramo estrecho y sin escapatoria, al modo en que se dispone una almadraba de pesca de atunes, o incluso de forma muy similar a la que se aposta la policía para realizar controles de alcoholemia. Bruta comparación, sin duda, pero me pregunto si para apelar a la conciencia "humanitaria" de las personas no basta con la propia conciencia. Y me malicio que es insolidario emplear a un joven que no cobrará nada si no consigue, como es probable, una sola rúbrica de un repentino filántropo. También me pregunto si ya nunca va a ser posible caminar tranquilo por la ciudad.

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