El año termina de forma diferente al anterior. No se tenía por entonces conciencia de que la tercera ola de la pandemia había arraigado en la consigna del "salvemos la Navidad" y el clima general sobre la economía era de un marcado optimismo. No se tardó en comprobar que estaba insuficientemente fundado, quizá hinchado por la euforia con que se recibieron las primeras vacunas y puede que también por la necesidad de que algunas cosas comenzasen a salir bien. Ahora es diferente. La sexta ola nos ha alcanzado en plenas fiestas y con las fantasías gubernamentales sobre la economía en 2022 deshechas como azucarillos. Todos los analistas e instituciones han corregido a la baja las previsiones del Gobierno, pese al anuncio de que ya están en camino los primeros 10.000 millones de euros en ayudas a la recuperación.

La moral está por los suelos. El Banco de España, donde mejor toman el pulso a la economía, redujo su previsión de crecimiento para 2021 en 1,8 puntos (hasta el 4,5%) sobre la del gobierno y en medio punto la de 2022. Mantiene su confianza en el buen comportamiento del mercado de trabajo, pero con estas cifras se convirtió en la institución más pesimista sobre el devenir inmediato de la economía española. Esto ocurría hace un par de semanas, pero en estos días también la OCDE ha reducido en 2,3 puntos (también hasta el 4,5%) su estimación de crecimiento para este año y en un punto la del siguiente. En base a este dato y teniendo en cuenta otros indicadores (bolsa de valores, ingresos de los hogares, inversión y deuda pública), la revista The Economist acaba de sumarse al club de los pesimistas sobre el futuro de la economía española, señalando que es la que saca peor nota en el examen realizado a las 23 más avanzadas de la OCDE. Mientras que algunas ya han alcanzado el nivel de actividad existente antes de la pandemia y estarán muy por encima del mismo al finalizar 2022, otras, entre ellas España, no lo conseguirán, y con apuros, hasta bien avanzado el año.

La inflación, los aprovisionamientos y la energía y la debilidad de la demanda interna están detrás de las dificultades de la economía global. En el caso de España hay que añadir las dificultades del turismo, el aumento de la presión fiscal y el escaso margen de maniobra del gobierno por razones de déficit y endeudamiento. Pese a ello, se espera que el déficit se reduzca en casi dos puntos (hasta el entorno del 8%) al finalizar 2021 y que lo siga haciendo en los siguientes.

Las mejores expectativas siguen estando en torno al mercado de trabajo. Se prevé una caída lenta, pero sostenida, de la tasa de paro, pese al olvido de los desempleados en el acuerdo sobre la reforma laboral, pero siempre que el crecimiento de los salarios se mantenga moderado. Los sindicatos, que representan a los que trabajan, han conseguido mejorar las condiciones de los trabajadores temporales y recuperar la negociación colectiva y sus implicaciones políticas, mientras que los empresarios mantienen la flexibilidad y los costes de despido, pero de los desempleados nadie parece haberse acordado. Es lo que suele ocurrir cuando nadie te representa entre quienes deciden sobre tus intereses.

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