Análisis

Antonio navarro amuedo

El otoño del Tour

En este año de extrañezas, hay una que, no por tratarse de un asunto menor al lado de la tragedia sanitaria deja de descolocarnos: el Tour de Francia que hoy comienza va a disputarse casi íntegramente en septiembre, habrá numerus clausus en las montañas, la mítica caravana quedará disminuida y los aficionados deberán portar la mascarilla preceptiva y evitar acercarse demasiado a los ciclistas para impedir los contagios por coronavirus. Las gestas se escriben en julio, como nos demostraron las 106 ediciones de la carrera. El Tour es la canícula entre los viñedos de la Gironda y el paisaje lunático del Mont Ventoux, aunque también son las nieves del col d'Iseran en el 96 o el trágico aguacero en Menté que liquidó a Luis Ocaña en el 71. Y septiembre es el mes de la Vuelta a España, examen de recuperación para los rezagados en julio. Este año todo será distinto.

Con el libro de ruta en la mano, veo que una de las etapas pirenaicas acabará en Laruns, apacible pueblecito pirenaico y primera localidad francesa que tuve ocasión de visitar. Fue con motivo del Tour, cómo no. Era 1998, y la carrera se encontraba a punto de vivir su mayor convulsión contemporánea: estallaba el caso Festina, que destapaba una fenomenal trama de dopaje. El vencedor aquel año fue Pantani, muerto de sobredosis años después en un hotel en Rímini. Fueron los años salvajes del ciclismo, cuando la EPO era tan normal como los espaguetis. Un golpe del que este deporte aún no se ha recuperado. Nada tiene que ver la ruta de este año entre Pau y Laruns, apenas los cols de Soudet y de Marie-Blanche, con el perfil de las etapas montañosas de los 90 de mi niñez (y de siempre), en las que se enlazaban cuatro puertos de categoría especial en carreras de 250 kilómetros. Con objeto de combatir el dopaje, los kilometrajes vienen menguando desde hace una década. Una carrera más humana, dicen. Y menos épica también. Este año habrá sólo una contrarreloj.

Muchos aficionados se han quedado por el camino. No nos ayuda la ausencia de estrellas españolas. Retirado Contador y un cuarto de siglo después de las gestas de Induráin, el público español se aleja de la Grande Boucle. El Tour se internacionaliza, y ahora tiene acento cafetero. Los colombianos Bernal, ganador el año pasado y futuro del ciclismo mundial, y Quintana, además del ecuatoriano Carapaz, se encuentran entre los grandes favoritos. También parten con posibilidades el esloveno Roglic, el neerlandés Doumoulin o la esperanza gala Pinot. Entre los españoles, la eterna promesa Landa y el joven Mas. Con el mismo laconismo y atino de Boskov, Bahamontes no pudo decirlo mejor: "El Tour es el Tour". La carrera pondrá a cada uno en su sitio.

El Tour superó dos guerras mundiales y escándalos de dopaje, y ahora, en esta edición otoñal, se ve amenazado por el virus. Desde el secarral sevillano me acuerdo con nostalgia de la niebla de los Pirineos y de los duendecillos que moran sus hayedos. Y lo tengo claro, con permiso de los dioses y deidades de mi tierra. Como escribió el poeta escocés Kenneth White, "si me preguntan a qué religión pertenezco, yo diré: a la del col de Marie-Blanche". Que empiece el espectáculo. Vive le Tour.

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