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Análisis

rogelio rodríguez

Y, además, empeora lo peor

El Gobierno y sus coaligados emplean toda su fuerza en girar al revés las agujas del sistema

La situación política es disparatada y tóxica. Tanto que, como decía John Lennon, se llega a la conclusión de que esta sociedad está gobernada por dementes con objetivos absurdos, o por maniacos con fines maniacos. El Gobierno y sus coaligados emplean toda su fuerza en girar al revés las agujas del sistema. Y, de momento, las han detenido. El sistema ha comenzado a no ser el mismo. Crujen las ruedas del Estado. Mariano Rajoy no quería ser un optimista absurdo, pero su legado final, su inoperancia última, su indolencia ante las graves afecciones y corruptelas de su partido y frente al desafío soberanista coadyuvaron a la llegada de un tiempo ceniciento. Al igual que contribuyó el histerismo de un PSOE sumido en la derrota, cuya militancia entregó el liderazgo y sus credenciales a un aspirante sagaz, infectado de ambición, desafecto a la verdad, al compromiso y al rigor ideológico, que hoy es presidente del Gobierno a hombros de enconados adversarios del socialismo tradicional y, sobre todo, del mejor y más duradero régimen democrático que ha tenido España.

Pero al libelo político que mina gravemente el orden constitucional se añade el progresivo deterioro de la economía, en un momento de enorme incertidumbre internacional y desequilibrios en la balanza de la Unión Europea, agudizados por el Brexit británico. La economía es el gran talón de Aquiles y por eso el Gobierno la trata con sordina, por eso no le preocupa que a una inmensa mayoría de españoles les alarme la pestilente "mesa de diálogo" que el próximo día 26 inaugurará en La Moncloa con los secesionistas catalanes, ni las protestas institucionales que puedan generar las chantajistas concesiones al País Vasco, ni las airadas denuncias de una oposición fragmentada a la que acusa de fascista, ni la traca mediática contra sus habituales embustes, ni la charlotada del decreto sobre la publicidad del juego, ni... Estos asuntos, a pesar de su extrema gravedad, llegan con cuentagotas a la cocina del CIS. No se plasman de inmediato en la intención de voto, aún visceral. Sirven de circunstancial amparo ante esa otra realidad más atronadora porque afectan directamente a la subsistencia del tejido empresarial y familiar.

El Gobierno tapa la economía, aunque no tape sus vergüenzas, como la del vicepresidente Iglesias alentando las movilizaciones del castigado sector agrícola. Se limita a reconocer -¡no le queda otra!- que España afronta un largo periodo de bajo crecimiento, por debajo del 1,7%. Las cifras son incuestionables y agobiantes, y si la tasa de paro está por encima del 12%, el déficit exterior supera por primera vez los dos billones de euros y en breve habrá que devolver los 982.000 millones que tenemos prestados. Todo eso y mucho más en un país con más de 2,5 millones de funcionarios. ¿Política económica integral? ¿A costa de mayor presión fiscal? A ver cómo, cuando la estructura del Estado, cada día más raquítico, es un galimatías creciente de cargos superpuestos y competencias multiplicadas.

En palabras de Mafalda: "Lo peor es que el empeoramiento empieza a empeorar".

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