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En una campaña electoral corta, tras una precampaña asaltada con piedras desde Barcelona, la primera impresión es la que cuenta, así que el líder del Vox lo tuvo asequible para atraer a una buena parte del electorado que no se habría planteado nunca votarle. Santiago Abascal sorprendió por una imagen serena y firme que llevó a cientos de miles de ciudadanos, entre el desencanto y el cabreo, a votar a la persona. El subidón de Vox, un partido de tipos fachas y antipáticos, lo ha protagonizado él solo ayudado por la desorientación de los demás. Su aparición en El Hormiguero, mientras el puchero de las redes hervía de indignación, ha sido la intervención televisiva más rentable en años. Hasta la actitud distante de Pablo Motos le ayudó. Y en el desastroso debate a cinco se vio también beneficiado por su disposición central en el plató, mientras la lamentable estrategia de Pedro Sánchez de no entrar a matar y esquivar las miradas de los contricantes es lo contrario de lo que se espera de un estadista. El PSOE se tendría que plantear algún día revisar su historia reciente y traer del fondo de Ferraz un líder que al menos se acercara una mijilla a FG.

Abascal no dio la imagen troglodita que le acusaban sus detractores. En una campaña de poco fondo y apariencias, de postureo y forofismo, donde ningún partido ha planteado propuestas de sustancia, el de Vox escenificaba ser consecuente, sensato y cercano. Tras tantos años de símbolos pisoteados y ninguneados (ahí Pablo Iglesias es especialista, ha sido una voraz fábrica de votantes antagónicos) el de Amurrio sólo ha tenido que empuñar la bandera (de todos).

Ahora pueden venir los lamentos y los desaires de quienes se han empeñado en el bloqueo, pero no pueden culpar a los votantes de prestar (porque son prestados) toda esa millonada de votos a Vox. Albert Rivera y Pablo Iglesias, tan disruptivos en la pantalla, se han carbonizado en poco tiempo. La apariencia dura sólo una oportunidad, porque después toca mediar y trabajar. Y no lo han hecho.

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