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Análisis

Tacho Rufino

Viva el turismoautárquico

La pandemia menguante va a propiciar una vuelta, quizá fugaz, al desplazamiento de ocio dentro de nuestras fronterasEl turismo no sólo es un gran invento, sino que va a vertebrar bastante España

Uno de los negocios más florecientes desde hace unos años son los convites de bodas. En efecto, la palabra convite delata a quien la usa: ¡oh tiempo, oh costumbres!, dice el latinazgo. Uno no es que sea de la generación de aquellas bodas mañaneras que acababan con la pareja en un seiscientos -en el mejor de los casos- camino de Zaragoza a ver a la Virgen del Pilar, quizá con una noche en un hostal de Atocha en la capital, a pasar un fin de semana mal contado como toda luna de miel. Pero tampoco uno es de la generación que está en edad de casarse, cuyas bodas son verdaderos eventos de pasadía, como dicen los caribeños, tours de force con todas suerte de etapas alimenticias y musicales, transporte colectivo, despliegue logístico y de puesta en escena y maratoniano fiestorro. Por suerte, mi experiencia es más de invitado que de protagonista o de pagano de la celebración de la prole propia, y digo suerte porque las fabulosas bodas contemporáneas son cosa de decenas de miles de euros. Hay quien hace la cuenta de muy calvinistas maneras, y a cambio de la invitación paga una transferencia a la joven pareja -poner una cuenta corriente en una segunda boda está nada más que regular de bonito- en una estimación aritmética de "lo comido por lo servido", y nunca mejor dicho. Pero vayamos al viaje de bodas. Y al turismo nupcial.

Las parejas de hoy no van al Pilar ni a La Toja, y eso es natural: no nos pongamos en modo melancolía gruñona, actitud rayana en el patetismo. Pero es que irse una semanita a Canarias a amarse a diario y a convivir veinticuatro horas cada día puede muy bien ser síntoma de tiesura hoy. Los tortolitos se hacen -hablo, ya digo, de oídas-- la Ruta de la Seda, un combinado Australia-Nueva Zelanda-India, Indonesia y Bali, Nueva York y Singapur, un crucero con resort dominicano o maya, puede que un mes: ya habrá tiempo para economizar a la vuelta. Algún divorcio se habrá fraguado en la tremenda peonada turística, porque es sabido que el turismo es un gran invento, pero cursa con estrés, por mucho daikiri con banderitas y mucho masaje en los pies que te den debajo de un cocotero. El presupuesto de una boda con todos sus avíos es una gozosa paradoja si se trata, como es habitual, de gente condenada al mileurismo; pero ahí están los padres (y los invitados). "Que no nos falte de na, que no, que no", gran estribillo de Pascual González que viene aquí como foie al macaron de colorines. Pues bien, de momento este plan se ha acabado. Aunque volverá más pronto que tarde, porque las cifras de empleo, de obras de viviendas, e incluso de compraventa de casas ha repuntado en este mes. Con el brío de un rebote técnico, como se dice en bolsa, puede ser. Que no podían las cifras sino subir, es también claro: en la sima no se puede seguir bajando.

El turismo que viene, al menos este año, es un turismo de interior. Españoles por España. Turismo rural, Asturias y Galicia a revientacalderas estivales: es más fácil encontrarse en el norte a tu vecino en agosto que en Isla Canela, Torremolinos, Tarifa o el Cabo de Gata. Asistimos a una autarquía del desplazamiento por ocio que hace virtud del vicio del virus, aunque sea una histórica y fugaz tendencia. Una bendición para la postergada España interior, que unos dicen "vacía" y otros, con intención de culpabilizar "al sistema", dicen "vaciada". Es viernes, y eso aporta positividad, de forma que uno diría que el turismo autárquico quizá ayude a vertebrar España, nunca más invertebrada que en el último lustro. En Cataluña, principal destino español, y sin ir más lejos, están locos por recibir a sus hermanos andaluces, o así lo chivatea su política de comunicación turística oficial. Cosas veredes, amigo Jordi.

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