El otro día, por lo visto, fue el día de las croquetas, porque ahora resulta que hay días de todo, todos los días hay uno, y los hay importantes y otros son de aquella manera, como a veces decimos por aquí. Yo creo que hay uno dedicado a lavarse las manos, de verdad, que no estoy exagerando, de verdad. Por eso, a lo mejor el de las croquetas tiene su gracia, que tiene más miga de lo que uno pueda imaginar.

En mi casa hemos sido mucho de croquetas, y lo seguimos siendo en la casa de mi hermana, pero en la de mis padres lo éramos mucho más. Y es que recuerdo entrar en la cocina y ver los garbanzos en remojo y ya estaba ensalivando, porque sabía lo que venía durante tres días. Y es que mi madre sí que era una cocinera de campeonato, que yo creo que ganaría cualquiera de esos programas que hay ahora en la tele. Y ahorrativa, que eso era aprovechar y lo demás es cachondeo, lo que yo les diga, que yo no he visto una cosa igual en mi vida. Porque el primer día nos comíamos los garbanzos con la verdura y el tocino de segundo, que yo me ponía malo de mezclarlo con pan. El segundo día venía lo mejor para mi gusto, con el caldo del cocido y un par de huevos duros y un puñado de fideos mi madre hacía una sopa que ríete tú de los consomés esos tan finos que ponen en los restaurantes. Y de segundo, de segundo la maravilla, el gran manjar, las croquetas hechas con la carne que había sobrado. Y mi madre no hacía diez o doce croquetas, mi madre hacía cuarenta o cincuenta, lo que yo les diga, que yo recuerdo comerme quince de una tacada y quedarme tan pancho. Porque vaya cómo las hacía mi madre, que yo todavía no comprendo cómo podía liarlas, porque por dentro estaban líquidas, que se te deshacían en la boca.

Una cosa, vamos, que yo no he vuelto a comer unas croquetas como las de mi madre, y eso que a mi hermana le salen de maravilla, pero no tienen nada que ver, Muchas veces, cuando le digo esto a mi hermana dice que las cosas de nenes las tenemos como exageradas, que si las probáramos ahora lo mismo nos llevábamos un chasco. Puede ser, pero yo, de cualquier modo, daría lo que fuera por volver a comerme una croqueta de las que hacía mi madre. La cosa es que la olla de cocido daba a veces para un tercer día de comida, lo que yo les diga. y es que si habían sobrado caldo, unos cuantos garbanzos y algo de carne, que no siempre pasaba, mi madre preparaba rancho, que era otro plato que a mí me volvía loco, pero de remate. Asaba unos ajos, que luego machacaba con perejil y vino blanco y lo añadía al resto de olla, con un buen puñado de arroz. Y le ponía amarillo, que yo creo que era para que pareciera otra cosa, y eso también estaba de maravilla, pero bueno, y les animo que lo hagan en su casa algún día. Qué aprovechen.

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