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En las anteriores elecciones generales, de las que no hace tanto ( fueron el otro día ¿verdad?) el líder de Vox iba enfilado, henchido de pabloiglesismo, y se permitió dejar a un lado la agenda televisiva. En todos los espacios de actualidad sólo se hablaba de Vox, un partido de palabras en voz alta, que parecía prender entre el marasmo de independentistas y maniqueos del otro flanco, flanco.

Abascal ganaba votos por titulares, memes y tuits y aunque todos estaban interesados en oírle y ver qué pensaba realmente. Pero el de Vox dio su voz sólo a quien creía conveniente: a Bertín Osborne. En aquel programa de los tres líderes de la derecha Abascal recorría su juventud complicada y se escapaba de cualquier interpretación de su pasado hasta alcanzar el aura de vanguardia de la derecha honesta, valiente y gritona.

En unos meses que por desgaste han sido eras geológicas para los partidos emergentes, Podemos se desintegra, Ciudadanos se hunde con todos los honores y el de Vox cree tener seguro su corral de votos y nostalgias. Ahora prueba a ver si con apariciones por ahí, mostrando una cercanía insólita, caen una cuantas papeletas convencidas o despistadas. Vox ganó votos alzando algo tan natural como la bandera, pero los símbolos y sentimientos nacionales están por encima de propietarios y negacionistas.

El barbado líder tiene los humos más calmados, pero todas sus ínfulas intactas. De esa manera se iba anoche a El Hormiguero, a hablar con Pablo Motos y a humanizarse entre sus peluches (y a darle un subidón de audiencia). Cómo hemos cambiado en un par de ratos. Vox ya no es el partido que pedía cerrar Canal Sur. Están muy contentos con sus parcelas aseguradas por los telediarios y manteniendo el trabajo a amigos. Incluso en TVE ya no son "extrema derecha". Con un poco de brillo a la peana en forma de minutos en pantalla, hasta los exaltados se vuelven dicharacheros. Abascal, de todas formas, no puederegresar con Bertín, que tras sólo un programa con Ortega Cano desapareció.

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