CRÍTICA

El verano como modo de vida

  • El concierto fue un recorrido por los veranos que han marcado nuestra vida

El verano como modo de vida El verano como modo de vida

El verano como modo de vida / Juan Ayala

Sí. La respuesta es sí, Ricky. Seguimos. Seguimos hasta cuando tú quieras, toda la noche. Te seguimos a Budapest o a Praga, o dondequiera que sean tus próximos conciertos. No hay opción a resistirse. Nos rendimos. Nos rendimos ante Ricky Martin y no se podía hacer otra cosa el sábado en El Arenal, donde 15.000 personas se dejaron la voz –y alguna que otra lipotimia– para disfrutar de uno de los mayores espectáculos a nivel musical que Córdoba recuerda. Por lo que sí, la respuesta hacia el de Puerto Rico cada vez que concluía un tema –“¿seguimos”– era un sí como una catedral. Tanto queríamos seguir que el concierto se hizo corto, cortísimo, a pesar de que Ricky Martin estuvo una hora y 45 minutos dándolo todo en el escenario. Muy corto también para los de entrada de fondo de pista, donde al cantante puertorriqueño apenas se le intiuía. Si hay que poner algún pero precisamente sería ese, el de la mala visibilidad debido al planteamiento que se hizo del escenario y el público. Las pantallas gigantes, además, podían haber estado repartidas más o menos a mitad de la pista para que así se hubiera paliado algo la lejanía del artista.Pero todo eso son males menores. El espectáculo estaba asegurado y así fue. El de Puerto Rico no paró durante el show y se entregó sobre al escenario con una puesta en escena espectacular y que escondía un trabajo brutal. Otro nivel.

El concierto de Ricky Martin fue algo así como un viaje en el tiempo por los veranos de nuestra vida, por aquellos mejores momentos que en muchas ocasiones van unidos de por vida a canciones. María, el hit que lo dio a conocer en España en el verano del 95, cuando las que hoy superamos los 30 aguardábamos escuchando Los 40 Principales para darle al botón del rec en la radio. De María  a La bomba. Ay, La bomba. Verano del 98 y los primeros veraneos en Málaga con las amigas, el arrojo de la adolescencia y las letras de Ricky Martin te lo daban todo hecho. Es una bebida/ que va cambiando/ tu vida/ Unas gotitas/ de nada/ te vuelve loca/ loca, divertida. Loco estalló El Arenal, en un arranque espectacular que sólo pudo ir a más.Hasta que cantara en inglés éxitos con su propia versión española como She bangs se le perdonó, aunque el respetable le daba la réplica en la lengua de Cervantes. And she bangs/ she bangs /oh baby/When she moves/ she moves/I go crazy y hasta el verano del 2000 y el viaje de fin de curso. Y después, Pégate. 2006 y la liberación universitaria. El mundo era nuestro y Ricky Martin nos hacía creer en él. Esos veranos de un sitio a otro, con la maleta siempre a medio hacer, aprovechando cada día como si no fuera a volver. Los primeros atardeceres en la playa y las locuras que contar después. El vaso medio lleno siempre porque el amor puro libera/ y la mentira envenena/ que como decía mi madre/ bailando todo se arregla. Y bailamos. Claro que bailamos.

Más tarde, a Ricky Martin le pasó como a las que crecimos con él, maduramos y nos regaló entonces temas como Somos la semilla, un canto a los derechos humanos y algunas baladas y recopilatorios que le sirvieron, nos sirvieron, para asentarnos y, con las ideas más claras, volver al origen. Quitarnos complejos y volver a ver el vaso medio lleno. Dejarse llevar y vislumbrar de nuevo que el futuro es nuestro. Adrenalina y esa feria de 2014 o Fiebre, de este mismo verano que aún no acaba. Los veranos eternos que han marcado nuestra vida y que Ricky Martin el sábado los sacudió para devolvernos a lo mejor de esos recuerdos. Para recordarnos que el verano puede ser un modo de vida. Para constatar que como decía mi madre/ bailando todo se arregla.

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