Cultura

Todas las capas de Hernán Cortés

  • De la mano de las comisarias, el pintor explica el discurso de su obra en la Fundación Telefónica y Unicaja de Madrid

Hernán Cortés junto a las comisarias, Beatriz Cordero y Lola Jiménez-Blanco. Hernán Cortés junto a las comisarias, Beatriz Cordero y Lola Jiménez-Blanco.

Hernán Cortés junto a las comisarias, Beatriz Cordero y Lola Jiménez-Blanco. / reportaje: josé ramón ladra

Cuando a eso de los 16 años Hernán Cortés supo definitivamente que quería ser pintor empezó a enfrentarse a los paisajes de la Bahía de Cádiz. Dice que cuando los recreaba experimentaba una sensación de grandeza rodeado por la bóveda celeste y la inmensidad del mar, "y esto es algo que me ha acompañado desde entonces". Por eso su pintura habla y acaricia los trazos de su ciudad natal, que plasma entre aquellas líneas verticales y horizontales que marcan compositivamente cada uno de sus paisajes y retratos, pero también habla de hiperrealismo, de realismo contemporáneo, de abstracción geométrica, de renacentismo... De todas y cada una de las capas de significados de Hernán Cortés, que confluyen por primera vez en la exposición Cortés. Retrato y Estructura, que inauguró este jueves en el Espacio Fundación Telefónica y Fundación Unicaja de Madrid, y que viajará a finales de octubre a la Fundación Unicaja de Cádiz.

El conocido retratista de la vida parlamentaria atendió a este medio de la mano de la comisaria de la exposición, Lola Jiménez-Blanco, que narra cómo su obra se ha ido articulando en estos espacios "en círculos concéntricos", desde el más cercano y familiar, pasando por los autores de la Generación de 27, hasta consolidarse como retratista de los más ilustres personajes de la vida pública y social del siglo XX y XXI. Encargada de la exquisita selección, la comisaria se retrae a los principios de su pintura, de donde fluye naturalmente y casi cronológicamente la propuesta expositiva. "De lo primero que pintó trae dos obras de los 70, un retrato de su madre y la Catedral de Cádiz, retrato y geometría, que es de lo que se trata la muestra", puntualiza Jiménez-Blanco, que se acompaña de la segunda comisaria, Beatriz Cordero.

Rememora Cortés, observando estas primeras piezas, que "el de la Catedral lo pinté haciendo novillos o rabona, como se dice en Cádiz, cuando estaba en Preu, que me lié la manta a la cabeza mientras los compañeros iban a clases". Y es que ya entonces sospechaba que no se dedicaría a lo que soñaba su padre, médico como él, sino que sería pintor. Y lo convenció, tenía un don, y así se lo hizo ver a su progenitor uno de sus grandes mentores, cuyo retrato también cuelga en esta muestra, el de Dámaso Alonso.

Alonso no es el único poeta de la Generación del 27 que retrató, también lo hizo con Jorge Guillén y con Rafael Alberti poco después de regresar a Cádiz del exilio, "que aparece al aire libre, aunque no haya referencia del lugar, pero se percibe hasta el viento", señala Cortés de este retrato perteneciente a la Real Academia y que figura frente al de sus padres, y junto al de dos de las tres piezas en las que retrató a la también artista Carmen Bustamante. Precisamente un gran retrato de una jovencísima Bustamante es el que abre la muestra como una clara declaración de intenciones del discurso expositivo. "La exposición es completamente distinta y muy actual, pese a que esta pintura es de los años 80", dice Beatriz Cordero en relación a la escena de una chica que pinta "sentada con una postura muy valiente que ni siquiera nos mira, no es una historia de seducción".

Porque desde bien pronto empezó a bordar retratos muy innovadores con los que el Hernán Cortés gaditano conquistó la escena pictórica nacional e internacional, y con los que fue ampliando estos círculos concéntricos hacia los que avanza su obra desde los espacios de la Fundación Telefónica y Unicaja. Un paso al frente hacia el retrato institucional en el que arrasó como gran pintor del alma, en busca de lo humanista frente al brillo social y que tiene como artistas referentes a Holbein, Antonio Moro, Moroni, Velázquez, Ingres, el escultor Houdon y Graham Shuterland..., enumera. De cada uno de ellos bebió, como del realismo contemporáneo, el arte pop, la pintura abstracta, el cómic, el cine y la pintura clásica, hasta pulir sus propios retratos y paisajes.

Retratos como los de Jesús Polanco, "que es una persona muy contenida cuya máxima era no decir nada que diera un titular de un periódico y así se refleja en su obra"; como el de la primera mujer rectora de una universidad española, Josefina Gómez Mendoza, que era geógrafa de campo, tal y como recoge sutilmente con su máquina de fotos; los de Gregorio Marañón, Norman Foster, Raymond Carr, John Elliott, Plácido Arango, Francisco González, etcétera. Retratos que han evolucionado, según la comisaria, entrando cada vez más en el personaje a través de "un gesto, algún objeto o de algo que para nosotros es casi irrelevante pero que capta maravillosamente su personalidad". Y según Cortés, "hacia la línea del dibujo, con una gráfica más manifiesta, y es en esa fusión de dibujo y la pintura donde intento significar algunos elementos sobre otros", profundiza desde la veteranía y desde el privilegio de ver expuesta su obra en retrospectiva, "que te permite enfrentarte a los cambios que has dado y que no se manifiestan tan claramente en el día a día".

Cambios de los que sabe mucho Lola Jiménez-Blanco, que menciona la contemporaneidad que define su obra, al pintar a sus personajes en espacios vacíos en claro contraste con esa línea baja de horizonte "que estructura totalmente sus cuadros y que es por influencia de estos paisajes de su tierra, que es finalmente donde se ha formado su sensibilidad estética". Lo dice mientras señala en claro contraste y armonía sus retratos frente a sus paisajes de la Bahía de Cádiz, de los que se incluye una serie de los años 80. "Fíjate, es la misma idea: las líneas verticales y horizontales del paisaje están en los retratos, mira cómo entra ese paisaje con el cuadro de Felipe González". Y así nos adentramos en cada una de las capas de influencias de todo su proceso creativo. El de la experiencia de Cádiz, el de la abstracción geométrica, como se aprecia en la obra de Jorge Gillén sobre el cuadrado negro de su asiento, el del renacimiento que recoge una de las salas, en la que domina un personaje desconocido que bien podría encajar en la tradición renacentista italiana, y el que le brindan los tres vídeos que la completan. El de Rafael Argullol, Álvaro Pombo y una de sus discípulas, María Bisbal, así como una serie de 16 fotografías del autor en la intimidad de su estudio, mientras entrevistaba a los protagonistas de la vida parlamentaria, cuya obra luce hoy en el Congreso de los Diputados.

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