Crítica de Cine

Sensible variación sobre el 'Omnia vincit Amor' de Virgilio

Fotograma de esta película que une cine con gastronomía. Fotograma de esta película que une cine con gastronomía.

Fotograma de esta película que une cine con gastronomía. / e. d. c.

En principio parece tenerlo todo en contra una película que parte de la naciente historia de amor entre un pastelero berlinés y un ingeniero israelí casado y con un hijo, rota tras un accidente, para desarrollarse en Israel, cuando el alemán quiere conocer a la familia de su amante. Más aún si tras este planteamiento abre dos frentes: la relación entre el pastelero alemán y la viuda israelí y la tensión entre quienes aprecian sus creaciones y quienes temen que un goy (no judío) aleje a los clientes ortodoxos sujetos a la disciplina kosher (seguimiento de las prescripciones sobre los alimentos). Con el amenazante telón de fondo de la ignorada relación entre el repostero y el fallecido. Melodrama gay, melodrama sobre la relación entre un amante adúltero y la mujer de su amado, reflexión sobre las tensiones que se producen entre los israelíes liberales y los ortodoxos... ¿Demasiado peso e intensidad para una sola película? Se puede comprender que el guion fuera rechazado una y otra vez por los productores: demasiados riesgos no solo de escandalizar, sino sobre todo de que el resultado fuera un churro cursilón de preciosismo posmoderno.

Sin embargo el realizador israelí Ofir Raul Graizer, que debuta en el largometraje tras adiestrarse en el cortometraje y hacerse un nombre como chef en una poco frecuente unión entre cine y gastronomía, sale airoso del desafío gracias a la elegante e inteligente contención de su tratamiento, tanto en el desarrollo del guion y la definición de los personajes (extraordinariamente interpretados por Zohar Shtrauss, Sarah Adler, Tim Kalkhof y Roy Miller) como por la sobria elegancia de su puesta en imagen. Lo que podría haber sido un desbordado melodrama lleno de enfrentamientos -entre la viuda y el amante de su marido, entre la viuda y su cuñado, entre judíos liberales y ortodoxos- se resuelve en una serena historia de amor, dolor y amistad capaz de superar todas las barreras humanas, sociales, religiosas, políticas, de género e incluso históricas (no se olvide que se trata de un alemán). Y hacerlo sin concesiones sensibleras o, lo que sería aún peor, sin incurrir en el preciosismo culinario y enológico tan propio de cierto cine cursi y pijo reciente: nada que ver -afortunadamente- con Chocolat, Entre copas, Un buen año, Blueberry Nights o Comer, beber, amar.

El universo recreado por Graizer es sutil e inteligente. La extraordinaria fotografía de Omri Aloni extrae la verdad emocional de los rostros y crea un universo de luces tamizadas que parecen invitar a la confidencia sincera y la extroversión de los mejores sentimientos. La excelente banda sonora del francés Dominique Charpentier (exigente apellido para un músico) aporta sentimiento sin sentimentalismo. Sería un error etiquetar esta película. Es una conmovedora historia de amor y amistad sin barreras que -otro giro inteligente de Graizer- no incurre en el relativismo superficial y amoral del todo vale lo mismo. Aquí son los buenos sentimientos, nada relativos siempre, y la humanidad que une soledades y corazones los que se imponen. El de los buenos sentimientos que tan pobres resultados suelen dar en cine cuando falta autenticidad es otro desafío del que este prometedor director sale airoso gracias a su capacidad para convertir la sinceridad emocional en imágenes. Omnia vincit Amor, escribió Virgilio.

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