Crítica de Cine

Exprimiendo la galaxia

Una imagen de 'Han Solo', la nueva entrega de la saga Star Wars. Una imagen de 'Han Solo', la nueva entrega de la saga Star Wars.

Una imagen de 'Han Solo', la nueva entrega de la saga Star Wars. / e. d. c.

Tras la saga James Bond, que ha cumplido 56 años de vida desde el ya histórico 007 contra el Dr. No de 1962, la de Star Wars es la más larga de la historia del cine: arrancó en 1977 y sigue viva 41 años después (aunque 007 nunca conoció discontinuidades y la saga galáctica estuvo 16 años, de 1983 a 1999, desparecida de las pantallas). Y sigue produciendo millones como si fuera un filón inagotable. Aunque no tan inagotable en lo que a originalidad y calidades se refiere. Porque, además de que a los no fans todo lo rodado a partir del 99 nos sobra, los síntomas de agotamiento son cada vez más evidentes y en este caso hasta indigeribles.

Para contar los inicios de Han Solo han tirado de un gran y veterano artesano, Ron Howard, que inició su carrera como director (antes había sido actor infantil y adolescente, actuando en el American Graffiti de Lucas) el mismo año 1977 en que Lucas dirigió la primera película de la serie y ha firmado (además de adefesios como El código Da Vinci o Ángeles y demonios) títulos tan notables como Apolo 13, Ed TV, Una mente maravillosa, Cinderella Man, El desafío: Frost contra Nixon, Rush, En el corazón del mar o el espléndido documental The Beatles: Eight Days a Week. Pero si recurrir -tras haber despedido a los mediocres gamberros de luxe Phil Lord y Chris Miller- a tan sólido artesano salva la película.

Tal vez porque el fallo primero está en guión. Si el robusto oficio de Howard no ha dado los frutos deseados tampoco lo ha hecho unir al también veterano Lawrence Kasdan (guionista de la serie desde la lejana El imperio contraataca) y a su hijo Jon Kasdan en el guión. Por muchos nombres solventes a que haya recurrido y millones de producción invertidos, Han Solo: una historia de Star War sabe a refresco sin gas, a chicle masticado hasta perder el sabor, a palomita rancia o hamburguesa fría con patatas fritas lacias.

Eso sí, a los fans les parecerá que tiene sabor, que burbujea y que está calentita y recién frita. Porque si a los curristas les bastaba, en los años malos del maestro, verle hacer el paseíllo para justificar el precio de la entrada, a los warzians les basta que suenen unos compases de Williams (aquí mal representado en efigie musical por John Powell), que el protagonista se llame Han Solo (por tibiamente que lo interprete Alden Ehrenreich: los fans de Bond somos más exigentes y nunca reconocimos a otro que no fuera Connery), que se reproduzcan tabernas galácticas, que aparezca Chewbacca y otras criaturas o artefactos míticos como el Halcón Milenario, más algunas nuevas incorporaciones, para rendirse. Por eso volverá a dar una fortuna y la saga seguirá explotándose.

Ni la potenciación del aire western, presente en la serie desde sus orígenes junto a otras muchas fuentes del cine clásico, ni algunas espectaculares secuencias, ni el alarde técnico, pueden dar fuerza a una película que parece dirigida por un robot. Y no tan inteligente como HAL 9000 ni tan divertido como C-3PO.

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