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Ecos de las memorias del arte

  • La galería sevillana Rafael Ortiz exhibe 'La novena' de José María Báez, donde muestra la fuerza de la pincelada y la relación entre geometría y pintura

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Ecos de las memorias del arte

Un buen día Braque decidió introducir en el cuadro el color sin romper las ideas del cubismo que paso a paso había ido trazando, en rivalidad o complicidad, poco importa, con Picasso. Los criterios así sedimentados impedían utilizar el color en el lienzo salvo para descomponer eficazmente los objetos y el espacio definido por ellos. Por eso abundaban los tonos tierra (ocres, sienas, olivas) y faltaban colores puros y brillantes. ¿Cómo paliar esa ausencia? Braque lo hizo empleando papeles de color de fabricación industrial. Así habría en los cuadros planos de color pegados al lienzo que, como ocurría con el collage, no eran sino fragmentos de la vida ordinaria incorporados al cuadro. En esa deriva cabría situar en primera instancia estas obras del artista afincado en Córdoba José María Báez que acoge la galería Rafael Ortiz de Sevilla. Materiales ajenos a la tradición pictórica ingresan en el templo de la pintura.

Pero hay una diferencia: el papel recortado en la obra de Báez se cubre además de pigmento. Adquiere así una densidad peculiar. El papel, un fragmento de experiencia ordinaria (quiero decir, no artística), se hace literalmente pintura, hasta el punto de ofrecer, a la visión más superficial, una densidad táctil, verdadera tentación para la yema de los dedos. Los trabajos de José María Báez apuntan entonces en una segunda dirección, a la pincelada. Roy Lichtenstein, en una mirada irónica sobre el expresionismo abstracto, fabricó con sus procedimientos casi artesanales una gran pincelada. El resultado fue tan potente que terminó convirtiéndose en escultura: una puede verse a la entrada del edificio Nouvel del Museo Reina Sofía; otra, en el Paseo Colón de Barcelona. La pincelada tiene esa fuerza: logra, por sí sola, alterar el espacio.

Pero Báez evidencia la fuerza de la pincelada sin necesidad de recurrir a gigantismo alguno. Sus papeles pintados y recortados parecen alargar el muro, como ocurre en la pared izquierda de la segunda sala de la galería, con la fusión de dos obras Esta misma semana. Me alegró verte (2015) y La pasada semana. Cloroformo, pinzas (2016). Un poco más adelante, la superposición de círculos, hexágonos y rectángulos de Philae despierta después de siete meses inactiva (2015) y Una vida triste. Miro y escucho. Bucle (2016) logran convertir la límpida pared de la sala en sugerente laberinto. La muestra adquiere así tintes de instalación.

Aún poseen estas obras de José María Báez otro aspecto de interés: abandonan la cuadrícula. Desaparece el rectángulo que establecía un turno entre la ficción del cuadro y el espacio real de la pared. Mondrian colocaba en su estudio bocetos (sencillos planos de color) que anticipaban el modo en que sus cuadros podían agitar la serenidad del muro. Él mismo solía fabricar los marcos de sus cuadros para que potenciaran ese efecto. Basquiat fue sin duda más lejos al trabajar el grafiti: intervenía directamente en la pared. Las piezas de José María Báez comparten de algún modo esas intenciones. No son murales que administren el muro sino intervenciones que cuestionan la tersa uniformidad de la pared. De ahí la cercanía a la instalación: con estas obras la propia sala adquiere nuevos valores espaciales.

Hay otro aspecto de estas obras que me gustaría analizar: la relación que plantean entre geometría y pintura. En una de ellas, Cuarenta escalones (2017), la pintura debilita la definición paralela de las sucesivas horizontales y crea así una suave tensión en el cuadro. Algo parecido ocurre en la pieza, sin título, situada a la izquierda de la entrada en la galería. Sorprende, primero, porque se construye con tonos tierra pero posee fuerte luminosidad; hay algo más: la multiplicación de pequeños y exactos rectángulos parecen ocultar un fondo y hacen pensar en un juego de visibilidad/invisibilidad que roza la paradoja: ¿puede una obra de arte ocultarse, encerrarse en sí misma? Otras dos piezas construyen enrejados deformados o superpuestos, sin que sea demasiado claro si persiguen un análisis de la percepción (desorientada entre la precisión de la geometría y la libertad de la pintura) o bien una reflexión espacial que pudiera relacionarse con la arquitectura. Otras obras, como la primera que he citado en estas líneas o ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? (2017) se antojan arquitecturas que reúnen elementos geométricos y orgánicos.

Una palabra final sobre los títulos de las obras. Sea cual sea la intención (recuerdo de una lectura, memoria o simple anotación de un acontecimiento) son textos que abren ante la obra un espacio de incertidumbre. Báez siempre ha otorgado especial valor al texto. Lo novedoso es que aquí lo sitúa fuera de la obra, como invitación (o reto) al espectador.

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