Crítica de cinemúsica

Crucero en aguas mansas

En su continua revisión del cine de género (la fantasía en El corazón del guerrero, el cine de robos en El robo más grande jamás contado, el thriller en La caja Kovak, el carcelario en Celda 211 o el policiaco-criminal en El niño), el otrora crítico Daniel Monzón se ha labrado una cierta fama de artesano discreto y efectivo que parece ser la clave para la continuidad profesional en el actual panorama del cine industrial español.

De nuevo bajo el brazo de Mediaset, Yucatán se embarca en la comedia de timos con pinceladas de musical y romance a bordo de un crucero de vacaciones con paradas digitales en Casablanca, Tenerife, Recife y Yucatán, en una fórmula de enredo que quiere ir siempre por delante de su espectador en los quiebros, triles y sorpresas pero que no engrasa como debe su maquinaria, hasta el punto de provocar el efecto contrario, a saber, que uno tenga siempre la sensación de saber por anticipado casi todo lo que viene.

La propuesta, blanca, blanda y en un tono inofensivo a pesar de las moralejas postizas sobre los males del dinero (ya es cinismo), aleja la picaresca y el costumbrismo para anestesiarlos en unas formas aseadas y rutinarias que, a la postre, convierten el entramado urdido en una zona pantanosa de aguas estancadas con peligro de hundimiento para la nave.

Ni el cansino De la Serna ni un Tosar desmelenado logran crear tipos a la altura de sus referentes (pienso en Redford y Newman en El golpe), tampoco el elenco de secundarios predispuestos para el timo, demasiado romo y cándido (empezando por el veterano Joan Pera) para que su ir y venir por la cubierta de este crucero encuentre los matices, tonos y colores que lo animen más allá de las pedorretas en el escenario y los sones latinos de la música de Roque Baños.

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