Cultura

A Coppola le sienta mal la libertad

Drama, EEUU-Italia-España-Argentina, 2009, 127 min. Dirección y guión: Francis Ford Coppola. Fotografía: Mihai Malaimare Jr. Montaje: Walter Murch. Música: Osvaldo Golijov. Intérpretes: Vincent Gallo, Maribel Verdú, Alden Ehrenreich, Klaus Maria Brandauer, Carmen Maura, Rodrigo de la Serna, Leticia Brédice, Mike Amigorena. Guadalquivir.

La tensión entre libertad y creación es una de las cuestiones más complejas, por contradictorias, que plantea el cine. Si tienen la paciencia de ojear las diversas listas de las mejores películas de la historia del cine, elaboradas desde que en 1958 se presentó la primera en la Exposición Universal de Bruselas, comprobarán que entre las diez primeras raramente figuran esas supuestas obras maestras que al parecer -según dicen algunos- sólo pueden nacer cuando el cine se libera de sus ataduras industriales y sus limitaciones comerciales. Sin embargo, resulta que suele suceder lo contrario. Entre las diez mejores películas de aquella lista primera de Bruselas sólo figuraban cuatro rodadas al margen de la industria: las financiadas por el Estado soviético (El acorazado Potemkin, La tierra y La madre) o el mecenazgo (La pasión de Juana de Arco). Las otras seis (La quimera del oro, Avaricia, Intolerancia, Ciudadano Kane, Ladrón de bicicletas, La gran ilusión) eran producciones comerciales. Si de aquella lista primera saltamos a las más recientes de la revista Sight & Sound de 2002 o del American Film Institute de 2008 veremos que la cuestión no sólo se repite, sino que se agrava. Según los críticos de Sight & Sound, de las diez mejores películas de la historia del cine, siete son cine industrial y de género: Vértigo y El PadrinoI y II (ambas de Paramount), Cuentos de Tokyo (de la popular productora japonesa Shochiku), 2001; una odisea del espacio y Cantando bajo la lluvia (ambas de MGM) Amanecer (Fox) y Fellini 8 1/2 (Angelo Rizzoli). En cuanto a la lista del AFI, todas son producciones comerciales de RKO (Ciudadano Kane), Paramount (El Padrino y Vértigo), Warner (Casablanca), Irwin Winkler -también productor de Rocky- y United Artist (Toro salvaje), MGM (Cantando bajo la lluvia y El mago de Oz), Selznick/MGM (Lo que el viento se llevó), Universal/Amblin (La lista de Schindler).

Al revisar la filmografía de Coppola se puede comprobar que le afectan las mismas paradojas que a la historia del cine: las consideradas como sus mejores películas han nacido del entorno industrial. Coppola pasará a la historia del cine, antes que por ninguna otra obra, por El Padrino I y II, producciones Paramount a cargo de Robert Evans y Albert S. Ruddy la primera y del propio Coppola la segunda. Antes sólo había realizado obras menores: Ya eres un gran chico, El valle del arco iris y Llueve sobre mi corazón. Fueron el Oscar por el guión de Patton en 1971 y El Padrino en 1972 las que lo cambiaron todo. Allí nació el gran Coppola que entre las dos partes de El Padrino rodó la magistral La conversación y tras ellas Apocalypse now. Después se sintió del todo dueño de su cine... Y se hundió. Primero cometió el bello error de Corazonada (ejemplo de producción descontrolada por la megalomanía) y después rodó las hermosas e influyentes The Outsiders y Rumblefish. Era 1983. Se arruinó y desde entonces hasta 1997 se vio obligado a trabajar en el cine industrial de género, creando unas obras sólidas a veces adornadas por detalles de genio: Cotton Club, Tucker, Drácula o The Rainmaker. La penosa El Padrino III (1990), que parecía una parodia de las dos anteriores, y la edición de autor de Apocalypse Now perpetrada en 2001, que destrozaba la estrenada en 1979, fueron avisando que a Coppola no le sentaba bien la libertad; y que su creatividad tenía límites más reducidos de lo que se creía o padecía una grave crisis. Durante una década dejó la realización. Ha vuelto a ella cuando, según sus propias palabras, puede rodar lo que quiere y como quiere. Resultado, dos catástrofes: Juventud sin juventud y Tetro. Parece claro que este caballo necesita, si no espuelas, al menos sí bocado para ganar carreras. Cuando corre solo se desboca en la megalomanía pedante de la que Tetro es todo un catálogo.

El argumento de Tetro, primer guión del que Coppola es por completo responsable en muchos años, es grotesco. El diseño de personajes, ridículo en su grandilocuencia. Las simbolizaciones, penosas. Éste es el primer mal del que se derivan todos los demás porque, al ser concebida como una obra de autor, la intención argumental determina el discurso visual y la estructura toda de la película. Con buenos momentos de cámara y dramaturgia (sobre todo en su primera parte) y algunas (pocas) invenciones visuales dignas de él, se hace imposible reconocer al maestro de El Padrino o La conversación -por citar una gran producción de estudio y una obra personal e independiente- en este forzado ejercicio de creatividad impostada, de miedo a envejecer (en este sentido se podría decir que la película está afectada por una juventud sin juventud) o parecer desfasado, de confusión entre profundidad y pedantería o entre lo trágico y lo grotesco. Justificar esta dificultad para reconocer al maestro en este churro afirmando que Coppola se ha reinventado a sí mismo es excederse en el culto a la personalidad.

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