Crítica de Flamenco

Compartiendo músicas de raíz jonda

El flamenco de pedigrí, el que se oficializó más de medio siglo atrás con el Concurso Nacional de Cante Jondo en Córdoba, está sometido a olas musicales varias, como siempre ha sido, que contagian y cuentan con muchos seguidores. El flamenco, el que algunos llaman grande, tradicional, clásico, neoclásico, puro, jondo (este último se lo adjudicó oficialmente Ricardo Molina a partir de 1956, queriendo darle mayor importancia), ahora vemos cómo cada vez más incorpora artífices, jóvenes sobre todo, que gustan no olvidarse de él, pero, para epatar con novedades en sus repertorios, fusionándolas con esas otras músicas más actuales, incluidas las foráneas junto a sus instrumentos acústicos, pueden resultar punteras para atraer a otros públicos que muestran escaso interés por el arte de Chacón, Niña de los Peines y Fosforito, por nombrar a algunos de los muchos que han sido y son.

Todas y todos figuras que al punto fueron adalides para que hoy el flamenco tenga la consideración de ser una de las músicas de raíz jonda más importantes, por cierto Patrimonio de la Humanidad. Y, de las más recientes generaciones, una muestra de los protagonistas que para esta reseña vienen al caso: los jóvenes Israel Moro y su enorme séquito con el espectáculo Planeta Jondo, impresionando el jueves pasado en la Sala Polifemo del Teatro Góngora de Córdoba, dando juego en una clásica y hermosa escenificación donde el flamenco no pudo ser considerado una minimización banal, ni ojana como excusa para dar gato por liebre, incluyendo conjuntamente modalidades musicales también de raíz, más o menos próximas, y no tan ajenas e inútiles a la causa y al concierto flamenco, enmarcado con el fondo de ellas.

Con esta premisa por delante, fieles aficionados advertidos no se lo hubieran perdido, puesto que es, quede constancia, una apuesta por exhibir y difundir con todas las de la ley un proyecto que no deja atrás la calidad que por sí aporta la maravilla flamenca, dando juego también a músicas no desdeñables, acompañando a la que más nos interesa y en muchos casos a otros públicos que no suelen acudir ni disfrutar, por ese distanciamiento. Así que estos onubenses, con Israel Moro al cante, dieron la talla exponiendo palos de caché como cantes de besana, farruca y vidalita, los caracoleros tientos de la rosa, por cantiñas gaditanas, en tangos del Piyayo al son del tres cubano, hermosas soleás apolás, por Huelva acordándose de La Conejilla, varios de Rengel, Alosno, Calañas y Almonaster. Logrando transmitir y emocionar, con auténtica fidelidad y en línea con tantos de su tierra, reconocidos en los muchos escenarios por los que están pasando, hasta el final del encuentro con bamberas y LaTarara por bulerías.

Y digo yo: ¿por qué sí a De Lucía, McLaughlin, Di Meola y Benavent, y a este cantaor y otros fieles exponentes de los secretos del cante, con su jonda y pellizcante transmisión, modulando con acierto para encajar en las diferentes músicas que incluye Planeta Jondo, no? Sin ocasionar rechazables distorsiones que tanto daño en según qué intérpretes hacen al menos a la pureza flamenca. Lo que hay que valorar, adivinando que Moro, como su paisano Pepe la Nora en su momento, será un referente ante la afición por su calidad contrastada.

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