Cultura

Antonioni: la salvación a través del arte

Se edita, ahora entre nosotros y muerto ya el maestro, este filme-faro de la modernidad, tan joven y radical como cuando fue estrenado (y abucheado) en su pase de Cannes por esa misma crítica y ese mismo público que desprecian en la actualidad otros filmes quebrados y a la deriva. Y es que La aventura, curiosamente rodada el mismo año de Psicosis de Hitchcock, no tardaba mucho en desintegrar la sustancia argumental para proponer una empresa estética sugerente y nada caprichosa. Así, cuando Anna desaparecía del enigmático y orgulloso islote de Lisca Bianca, se iniciaba una doble aventura: por un lado, la más superficial, ésa que apuntaba a la relación adúltera de Sandro y Claudia; la otra, en la que mayores esfuerzos ponía el cineasta, nacía de poner en relación a la maquinaria de filmar con la naturaleza insensible. Un proceso que debía comprometer por igual al autor y al espectador, llevándoles de lo figurativo a lo abstracto, en una experiencia de inusitada belleza que escapaba del virtuosismo y ahuyentaba el fantasma del sinsentido.

Al acabado final de esta pelea entre la geometría y la materia -combate que tiene tanto que ver con aquel que entre documento y ficción tenía lugar en los seminales filmes de Rossellini (y no es baladí, como nos recuerda Doménec Font, que la primera isla que se ve en La aventura sea la de Stromboli)- contribuyó bastante un rodaje más que accidentado. A Antonioni le falló la financiación y la producción de manera casi fatal, produciéndose el habitual clima de insatisfacción entre el equipo técnico y artístico y las pertinentes bajas de aquellos más apegados al lado industrial de la experiencia cinematográfica. Pero algo del clima de espera y nerviosismo se filtra en las escenas de Lisca Bianca, confirmándose que, en cine, las categorías de lo sublime y lo siniestro comparten cordón umbilical, y que la dimensión estética puede desarrollarse al margen de la voluntad del creador, pues se trata de un arte que siempre se las tiene que ver con el ruido.

Y es que aquí se trata de una ciega confianza en las formas. Las que crean una frágil belleza a la que los seres no prestan atención: el cine de Antonioni no es, más que superficialmente, el de la incomunicación y la congelación de los sentimientos; es, como advirtiera Deleuze, el de un mundo en constante evolución y transformación a la espera de sus nuevos habitantes, ésos que todavía no se han adaptado a él y viven en la insensibilidad y la neurosis. Es, en el fondo, un cine sobre el olvido de esa necesidad de salir, salvarse y abandonar lo estrecho.

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