Andrés Neuman | Escritor

"Hay que dejar que fluya la emoción en la poesía, pero evitar volverse quejumbroso"

  • El autor regresa al verso con 'Vivir de oído', un libro en el que habla del duelo, el deseo, la palabra y la vida.

  •  "Me gusta pensar que escribimos para conmover a los muertos", dice.

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977).

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977).

"No conoció mi madre / las máquinas que espuman. / Soy pensado por ella / al servirme una taza de mañana", escribe Andrés Neuman en Inventos a los que llegamos tarde, uno de los poemas de Vivir de oído (La Bella Varsovia), su regreso al verso tras el ya lejano Patio de locos (2013). En su nueva obra, el autor registra la vida -la añoranza ante las ausencias, la vulnerabilidad del deseo- en un libro de turbadora belleza que es también un rotundo triunfo de la palabra.

-La primera parte del libro trata sobre el luto, y usted le dedica poemas a seres queridos como su madre o los escritores Eduardo García y José Viñals. Sin embargo, habla de la pérdida de manera casi elusiva, con un pudor extremo.

-Roberto Juarroz decía que la poesía era un acto de amor porque creaba presencia, una idea que me encanta. Si eso es así, la elegía da cuerpo a quien ya no lo tiene. Con respecto a lo de la contención, creo que hay una diferencia entre el dolor y la queja. Considero importante dejar fluir la emoción en la poesía, pero ésta se me vuelve incómoda como lector cuando el poema se decanta hacia lo quejumbroso. Hay una línea muy fina entre decir tu dolor y convertir al lector en tu terapeuta y al poema en una máquina de quejarte. Diría que en este libro hay pudor hacia la estridencia. Se escribe a pesar del dolor, pero no para exhibirlo. Hay que evitar el regodeo, más si el material al que te acercas es la pérdida, la muerte.

-El segundo fragmento pasa a un asunto bien distinto: la celebración del deseo, del amor.

-Esas dos partes se complementan, necesitan leerse juntas: amamos porque sabemos que perdemos. No se entiende la fiesta sin la certeza de que tenemos un tiempo limitado, y al mismo tiempo la elegía sería insoportable si la vida no tuviese también ese costado travieso. No sé quién dijo que escribimos para conmover a los muertos, y yo me siento muy cercano a esa idea, esa impresión de que la literatura es el lenguaje por el que nos comunicamos con nuestros ausentes. Es el don de la palabra: podemos conversar con gente que no está ahí. No quiero ver nada esotérico en eso, pero sí trascendencia. Si hay un idioma en el que generaciones y espacios y tiempos distintos pueden conversar es el lenguaje de la literatura, en este caso de la poesía. Muchas veces me ha pasado estar escribiendo algo y pensar: esto le habría gustado a mi abuelo. Y en ese momento vuelvo a ser nieto.

-Quizás por su propia historia, también por el momento presente, el asunto de la inmigración asoma en varios poemas del libro. Con la misma sutileza con la que aborda el duelo se posiciona. "Nadar en este mar es una acción política", dice.

-Nací en un país que construyeron los inmigrantes, no es un país con inmigrantes sino un país que prácticamente fundaron los inmigrantes. El crecimiento y la expansión del Estado argentino es inseparable de la cantidad de inmigración, en parte española, que recibió. Un día me di cuenta de que mis ocho bisabuelos, ocho de ocho, habían nacido en un país extranjero. Entendí que no sólo yo era una persona migrante, sino una consecuencia de las migraciones, de los exilios.

"A veces pienso: esto que escribo le habría gustado a mi abuelo. Y gracias a la escritura vuelvo a ser nieto"

-En Flashback en Praga describe a sus bisabuelos "entonando / oraciones en yiddish / que no comprendería".

-Otra circunstancia que me interesaba era que los padres de mis abuelos hablaran otra lengua, que al cambiar de país tuvieran que aprender una nueva. Hay un recuerdo de la extranjería en lo que hablamos en mi familia, que se fundó sobre una traducción diaria. Pero, si ampliamos el foco y miramos con un poco de perspectiva, es la historia del mundo. España, expulsiones aparte, está construida así. ¿Cuántas lenguas, cuántas culturas, cuántas etnias pasaron por la Península Ibérica? Hablamos de la inmigración como una amenaza, pero ese lugar que tratamos de mantener puro no ha parado de acoger cruces, de despedir inmigrantes y de acogerlos. Todos somos mestizos: yo que vivo en el sur, tengo antepasados judíos y vivo frente a Marruecos.

-Al comienzo del libro invoca al niño que fue, al joven que deja de ser y al viejo que será, al que pide que "por favor me cuente si va a venir despacio". ¿Todo poeta se queda anclado de algún modo en su infancia y teme al paso del tiempo?

-Perdí a mi madre cuando era muy joven, y creo que mi mayor miedo es, en realidad, no cumplir el ciclo vital. No me asusta tanto el paso del tiempo como la interrupción brusca. La vejez, lo veo en mi abuela, que ahí sigue con 94 años, es un regalo difícil, pero una bendición. Si me fuera dado eso, cerrar ese ciclo vital, estaría contento. De todos modos, mis preocupaciones son básicas. Algo que me inquieta es no darle valor a las cosas buenas que llegan y no saber despedirme de ellas, y tal vez por eso escribo, para otorgar ese relieve a las cosas que a veces nos pasan desapercibidas. Dicho de otro modo, si no escribiera no me daría cuenta de que estoy vivo. Eso nos llevaría a otra idea: no leer o no escribir es trágico, es un estado de vida que no es consciente de sí misma.

"Mis ocho bisabuelos dejaron su tierra. Yo no soy sólo inmigrante, soy consecuencia de la migración, del exilio"

-En el tercer tramo, Perro sónico, propone una reflexión sobre la poesía, sobre la palabra. "Todo", apunta, "viene del roce con lo dicho".

-Todo poemario, aparte de manejar sentimientos universales, tiene algo de crítica lingüística, de evaluación de su propia retórica. Después de dar la bienvenida y despedir a todos tus fantasmas, de celebrar el deseo o de lamentar los deseos no consumados, llegaba la hora de ponerle un termómetro a las propias palabras. Así es como termino el libro, pensando en cuál es mi idea de la escritura poética en este momento. Se podría decir que lo que queda, después de hacer memoria y después de amar, es pensar qué palabras nos quedan para decir todo esto.

-En uno de los textos, La otra vía, parece plantear una especie de poética. "En la estación que sabe demasiado / lo que quiso decir", defiende, "descarrilan los trenes".

-Lo curioso es que al principio era un poema largo que se fue reduciendo hasta acabar en tres o cuatro versos casi flotantes. Siempre me acuerdo de algo que sostiene Paul Valéry en el prólogo de El cementerio marino y que me parece revelador: decía que los poetas están muy seguros de lo que quieren hacer, pero rara vez se dan cuenta de lo que han hecho. Y eso es un principio que puedes aplicar a tu vida. Yo desconfío mucho de las convicciones férreas, me parece que la gente que las tiene no ha pensado mucho sobre sus intenciones. Se sobrevalora esa seguridad: por ejemplo, en el deporte, cuando aplauden eso de que el míster tiene las ideas muy claras. ¡Si las tiene claras es que habrá estudiado poco! [ríe] Pensar es lo contrario de la autoafirmación, ¿no? Por eso conecto con esa idea de Valéry, porque habla de la imposibilidad de controlar el sentido de lo que escribes. La literatura es un territorio de sugerencias, pero no de certezas.

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