MUNDIALES EN EL RECUERDO

1982. Superviviente Italia, ridícula España

Paolo Rossi, perseguido por Junior. Paolo Rossi, perseguido por Junior.

Paolo Rossi, perseguido por Junior.

El Mundial dio un paso más hacia la globalización con ocasión del Mundial que España organizó en 1982. Serían 24 las selecciones que competirían en los estadios españoles y ello permitió el estreno en la competición de una serie de países de continentes hasta ese momento con muy escasa presencia mundialista. De África llegaron Camerún, la segunda representante del África negra tras Zaire en el 74, y Argelia; por la Concacaf debutó Honduras y volvió El Salvador tras su experiencia del 70; por Asia y Oceanía, en fin, Kuwait y una Nueva Zelanda que, en un play off final, frustró el primer intento de China de jugar un Mundial. Faltaron, en cambio, algunos clásicos. Por ejemplo Uruguay, México y, sobre todo, Holanda, finalista en las dos últimas ediciones y superada esta vez por Bélgica y Francia.

Nada menos que 17 estadios dispuso España para albergar los 52 partidos del campeonato. Y el reparto fue políticamente correcto. Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla se llevaron la mejor parte, pero hubo partidos en Galicia y el País Vasco, en Aragón y la región valenciana, en Asturias, Málaga, Valladolid... Todos contentos, particularmente los clubes, que pudieron remodelar sus estadios gracias a las ayudas que se concedieron.

La organización, en general, fue excelente, pero ¿y el fútbol? Ése fue otro cantar. La selección de José Emilio Santamaría, con la base de la Real Sociedad campeona de Liga y del subcampeón Real Madrid, sólo fue capaz de ganar un partido, y gracias a un penalti inexistente, ante Yugoslavia, y cosechó estrepitosos ridículos ante Honduras e Irlanda del Norte. Todo ello en el grupo más asequible de la primera fase, para luego ofrecer la más viva imagen de la impotencia ante Alemania, ante la que se perdió cualquier posibilidad de clasificación, e Inglaterra.

La otra cara de la moneda la ofreció Italia, cuyo ejercicio de supervivencia quedó para los anales. A saber: el equipo de Enzo Bearzot pasó la primera fase sin ganar un solo partido -empates ante Polonia, Perú y Camerún, frente a la que se clasificó por haber marcado un gol más-, para luego sacar su gen competitivo en Sarriá y acabar con la Argentina ya de Maradona y, en día glorioso de Paolo Rossi, la Brasil que había impresionado a todos. La semifinal ante Polonia, con dos goles más de Rossi, y la final ante Alemania, que decantó en una espléndida segunda parte entre las muestras de júbilo del veterano presidente italiano Sandro Pertini -una de las imagenes del campeonato- catapultaron hacia la gloria a un equipo que en Galicia estuvo muy cerca del fracaso.

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